El punto sin retorno: revisitando el Frente Amplio

15 Septiembre, 2016 - 14 minutos de lectura

Por Noam Titelman, coordinador de contenidos de Revolución Democrática y miembro de su Directiva Nacional

Con esta columna quiero aportar algunos elementos al debate que ha estado dándose en torno a la construcción de un Frente Amplio y el contexto político que estamos viviendo.

En la jerga militar aeronáutica, el “punto sin retorno” es aquel a partir del cual un avión ha consumido demasiado combustible y no es ya posible emprender el camino de vuelta. Es ese un punto donde aumentan los riesgos porque la retirada ya no es posible y solo se puede avanzar, sin importar los obstáculos que haya en frente.

En el recorrido que ha tenido nuestro sistema político, desde el fin de la dictadura a la fecha, este ha gastado, significativamente, su capital de legitimidad social. El resurgimiento del “realismo sin renuncia” y su continuidad en el discurso del “no al descarrilamiento” se pueden interpretar como un intento desesperado por volver atrás. La idea de que se pueda volver al “carril”, parece desconocer todo el trecho recorrido, así como el desgaste que ha sufrido la política a lo largo del “carril” de la transición. Independientemente de las candidaturas que emerjan, cada vez se aleja más, en la NM, el discurso de profundización de las reformas y toma fuerza el retorno de los discursos de “gobernabilidad”.

Por otro lado, del mismo modo que las estrategias noventeras de la Concertación se ven anacrónicas en este nuevo escenario, las antiguas estrategias de la unidad de la izquierda parecen no encontrar eco en una ciudadanía alejada de la política sin apellido. Las últimas movilizaciones sociales que ha visto el país, estudiantiles, regionales y medioambientales o de las pensiones, han tenido como relato principal una oposición ciudadanía-élite que parece transitar por un derrotero distinto al de las agrupaciones de izquierda. En el mejor de los casos, la unidad orgánica de la izquierda puede ser un aliciente para estas movilizaciones, pero está lejos de ser su principal motor. Para pesar de los nostálgicos de la Concertación y los nostálgicos del Juntos Podemos, parece que ya pasamos el “punto sin retorno”.

La confluencia de actores políticos emergentes junto a los cuales, desde RD, estamos intentando construir un proyecto alternativo a la Nueva Mayoría, se desarrolla en medio del contexto indicado. Esta confluencia en ciernes busca generar un polo que pueda ser alternativa política en tiempos de desprestigio de la política. Para que esto sea así, la unión de la izquierda (entendida como las orgánicas que la componen) es indispensable, pero insuficiente. No sirve la sopa de letras. En este sentido, un Frente Amplio, capaz de aunar y articular la visión mayoritaria de la sociedad chilena aún se ve lejano.

Si bien este primer germen se ve esperanzador, no debemos caer en la soberbia o ingenuidad de creer que el solo hecho de habernos sentado a la misma mesa varias agrupaciones de la izquierda, necesariamente nos llevará a encarnar la crítica al sistema político. Las actuales confluencias deben más bien servir de primer paso hacia un Frente Amplio aún en el horizonte. Faltan más agrupaciones de izquierda, pero, más importante aún, falta más ciudadanía.

Para superar la sopa de letras y los incontables intentos previos que ha habido desde la izquierda para convertirse en proyecto de mayorías, es necesario que el nuevo referente logre legitimarse profundamente en la ciudadanía. Es decir, junto con disputas en la institucionalidad (electorales) y en la calle (movilización social), hay también una batalla que llevar adelante por el ideario que rige a nuestra sociedad. Así, para pasar de construir proyectos de marginalidad a uno de mayoría, tan importante como las convergencias de los bloques políticos es la formación de una cultura común fundacional.

La fisura con la ciudadanía es tan amplia que a ratos pareciera que creer en la política como un espacio de construcción colectiva en que avanzamos hacia una sociedad más solidaria y justa, es ingenuidad de algunos y negocio de otros. Sin embargo, el reto está ahí: construir una propuesta que pueda reflejar voluntades ciudadanas, que haga que la política retome su función de construir mejor sociedad desde y para la ciudadanía. Hay varios peligros en el camino por delante, pero, al parecer, ya pasamos el “punto sin retorno” y (por suerte) solo queda avanzar.

En este intento por conformar un referente político con legitimidad ciudadana, más allá de las alianzas electorales, hay varios retos que deberemos superar. Sin pretensión de enumerarlos todos, aquí algunos de los nudos principales:

1. El Frente Amplio y el sentido de la militancia: necesitamos orgánicas con militantes, no basta con simpatizantes pasivos. Eso implica aumentar las exigencias que estas les hacen a sus bases. Las construcciones políticas sustentables requieren mucho más que relaciones peticionistas. Se requiere de miembros dispuestos a entregar tiempo y dedicación de forma permanente y regular, no solo con motivos electorales. Hay que reivindicar el trabajo territorial, de la vivencia inmediata y cotidiana, junto con el trabajo en frentes de acción política, como las reivindicaciones sociales (estudiantiles, de género, diversidad sexual, etc.). Por último, hay que recuperar el rol del intelectual orgánico y la generación de conocimiento y cultura en el marco de un fin colectivo. Un trabajo permanente, más allá de los hitos eleccionarios.

2. El Frente Amplio y la democracia interna: uno de los motivos que ha generado una militancia pasiva, salvo en tiempos electorales, y que, en general, ha alejado a la ciudadanía, es el enclaustramiento de las dirigencias, que tienen relaciones estrictamente instrumentales con sus bases. Es, también, el motivo de surgimiento de caudillismos internos. La mejor manera de evitar esto es conservar un fuerte requerimiento en las prácticas internas, con alto nivel de participación de las bases en las tomas de decisiones. Esto requerirá tanto de garantizar esos espacios de participación internos (normados en los reglamentos internos), como de una militancia activa y respetuosa de los marcos de funcionamiento que se establezcan, anteponiendo el objetivo colectivo por sobre las ambiciones personales. También ayudará en estos propósitos la incorporación de nuevas tecnologías y originalidad en el ordenamiento interno, rompiendo esquemas tradicionales de funcionamiento.

3. El Frente Amplio y el dinero: la reciente crisis ha sacado a la luz este tema. Se deben establecer las más estrictas regulaciones internas respecto de los flujos de dinero que financian la actividad del Frente. Debe primar absoluta transparencia en el uso de los recursos, pero, aún más importante, se deben encontrar mecanismos en que los usos y recursos no dependan de las voluntades individuales de algunos miembros. Debiésemos preferir siempre el aporte estatal, cuando exista y, si no, un aporte regulado que no pueda de ninguna manera constituirse en moneda de cambio política, ojalá lo más amplio en número de aportantes y lo más reducido en montos por aportante.

4. El Frente Amplio y su ideología: este aspecto es fundamental. Para que las coaliciones y orgánicas no pierdan el rumbo y se vuelvan “bolsas de trabajo” y mercado de influencias, es crucial que exista un desarrollo ideológico permanente y potente en estos. Sin embargo, una mala comprensión de este trabajo ideológico lo ha reducido solo a la realización de hitos congresales ideológicos para definir en líneas gruesas a algunos lineamientos, con escaso impacto en la cotidianeidad de los miembros de los partidos y movimientos. Se trata de imbuir el actuar permanente en estas ideas. La relación de los partidos con su ideología, debiese ser, por lo tanto, una actividad permanente y de constante desarrollo y, muy importante, con consecuencias reales para quienes no respeten los principios acordados.

5. El Frente Amplio y la ciudadanía: por último, el gran aspecto faltante de la relación actual con los partidos es el débil vínculo con una ciudadanía, cada vez más empoderada y más desconfiada de estos. Para esto es fundamental que los referentes políticos sepan dialogar con los actores sociales, abriendo permanentemente el Estado (y los poderes de la sociedad) a estos. Así, nuevos mecanismos de participación ciudadana en la institucionalidad estatal (asamblea constituyente, iniciativa popular de ley, etc.) son cruciales, aunque insuficientes si no tenemos partidos que cumplan con todos los aspectos anteriores para servir de catalizadores en este esfuerzo.

Las soluciones a estos puntos no vendrán de un plumazo. Más aún, conformar una fuerza política nueva es siempre un riesgo. La peor derrota es convertirse en aquello contra lo que se lucha y, si fracasamos, nuestro proyecto podría desembocar en ello. La construcción del Frente Amplio será un proceso largo y que requerirá de muchas voluntades mancomunadas, en las que nosotros en RD seremos solo una de varias.

Para que el germen en construcción se convierta en el Frente Amplio que soñamos aún son muchos los actores políticos que falta incorporar, incluso algunos que hoy están aliados con sectores continuistas. Pero no debemos olvidar que esta amplitud del frente pasa, también, por interpretar un sentir mayoritario que trasciende a nuestras orgánicas de la izquierda. La fisura con la ciudadanía es tan amplia que a ratos pareciera que creer en la política como un espacio de construcción colectiva en que avanzamos hacia una sociedad más solidaria y justa, es ingenuidad de algunos y negocio de otros.

Sin embargo, el reto está ahí: construir una propuesta que pueda reflejar voluntades ciudadanas, que haga que la política retome su función de construir mejor sociedad desde y para la ciudadanía. Hay varios peligros en el camino por delante, pero, al parecer, ya pasamos el “punto sin retorno” y (por suerte) solo queda avanzar.