RD y el FA ante la segunda vuelta presidencial: hacer política en serio

Como ocurre en cada elección presidencial, las fuerzas de cambio nos vemos sometidas a diversos desafíos que algunas veces escapan del control de nuestras propias voluntades. No se trata en esos casos de la capacidad de trabajo, conducción o ganas que le pongamos a nuestra propia apuesta político electoral o a la de nuestro conglomerado, sino de situaciones que, estando más allá de nuestro control, resultarán insoslayables a la hora de tomar posición. La más importante de ellas es, sin duda, la opción que tomaremos ante la posibilidad de que nuestra candidata presidencial no pase a segunda vuelta y debamos, nuevamente, enfrentarnos a la difícil decisión sobre qué hacer en el balotaje.
En 2013, con mucha gente de este partido, optamos por apoyar una posición que no convenció a la mayoría de los militantes de RD. Sostuvimos entonces que el movimiento no debía llamar a votar por Michelle Bachelet en segunda vuelta ni menos participar de su gobierno y lo hicimos porque augurábamos que sería un mandato lleno de tibiezas e indefiniciones, donde la mayoría parlamentaria supuestamente transformadora se vería socavada desde dentro por actitudes retardatarias de sectores comprometidos con los nodos del sistema. Particularmente por la DC, pero también por los neoliberales del PS y el PPD que están comprometidos con directorios, empresas e intereses privados de diverso tipo. Creíamos entonces que mantenernos nítidamente alejados de ahí, sin participar ni “colaborar críticamente” con el gobierno, podría ayudar a acelerar el proceso de emergencia de un nuevo referente político, impulsado por los movimientos sociales y políticos que habían articulado el estallido de 2011, pero que convocara a miles de chilenos más allá de los límites de ese proceso. Esa emergencia, pensábamos, valía más incluso que jugársela por alguna reforma particular (como la Ley de Inclusión, por citar un caso paradigmático).
Más allá de que creo, humildemente, que el tiempo nos fue dando la razón respecto a la evaluación que hicimos en ese momento – SQM y Caval mediante–, pienso que hoy la situación a la que nos enfrentamos es muy diferente. Y si bien en mi tendencia la discusión sigue plenamente abierta, creo firmemente que hoy debemos reevaluar nuestra posición de total escepticismo y rechazo y abrirnos, con las precauciones del caso, a una posibilidad del diálogo. Por varias razones.
Primero, porque hoy el Frente Amplio es una realidad, no una esperanza. Con todas las dificultades y limitaciones que tiene, como la ausencia de un proyecto político claro o su compulsión electoral (ciertamente inevitable en un año como este), el FA existe, es un actor reconocido de la política nacional y si creemos las cifras de apoyo a nuestra candidata presidencial y en el desarrollo que lentamente van teniendo los espacios de base frenteamplistas, representa la esperanza de miles de chilenas y chilenos de formar una tercera fuerza política que se pare de igual a igual a los dos conglomerados hegemónicos de la transición para terminar con la ortodoxia del libre mercado. Segundo, porque la coalición de gobierno que ganó la elección pasada está en una crisis terminal. La separación en dos listas y la presentación de sendas candidaturas presidenciales abren la posibilidad para las fuerzas de cambio, bajo ciertas condiciones, de tensar en forma definitiva la alianza entre el centro neoliberal y la socialdemocracia progresista que gobernó en los últimos 30 años, tal como lo intentara Podemos con el PSOE en 2015. Esto abriría la posibilidad de un rebaraje de las coaliciones políticas, sobre todo en el contexto de cambio de la composición de un parlamento donde nadie tendrá mayoría absoluta para impulsar su programa. Tercero, porque RD y el FA han abusado del recurso de evitar las dificultades de la decisión política amparándose ya sea en el llamado a una democracia plebiscitaria de baja intensidad ya sea en un purismo que comienza a ser molesto y poco creíble a la luz de algunas de sus acciones (la más sonada, sin duda, el “affaire” Mayol) y la única manera de hacer frente a este déficit es con más política y eso significa atreverse a sentarse en esa mesa, de igual a igual.
Es por ello que creo que RD y el FA deben dialogar con quien enfrente a Piñera en segunda vuelta. Deben hacerlo, sin embargo, evitando con firmeza y absoluta convicción los dos polos que han hecho de este problema una decisión de suma cero. No se trata ni de asumir como borregos el “todos contra Piñera” como si el triunfo de la derecha significará el fin del mundo (no pasó en 2010 y de hecho permitió, casi por manual, una “agudización de las contradicciones”); ni tampoco vociferar el “jamás con la Nueva Mayoría” como si el quiebre con la DC fuera un mero detalle y como si en ella no convivieran, precisamente, agentes de cambio con los que el FA deberá negociar, tarde o temprano, para generar un gobierno transformador que pavimente la vía a un socialismo democrático.
Ahora bien, eso requiere de una análisis muy fino de los escenarios que se nos avecinan y que dibujarán la gradiente de posibilidad de ese diálogo. Hay tres variables que es fundamental observar en ese ejercicio. La primera es la votación de Bea en la presidencial; la segunda es la suma de los votos de los candidatos a la izquierda de la DC (Guillier, Bea, MEO, Navarro, ¿Artés?); la tercera, y quizás la más importante, es la cantidad de parlamentarios que obtenga el Frente Amplio. De las distintas combinaciones de esos tres elementos – ¿La Bea superó la inédita cifra del 10% para un candidato de izquierda no concerta? ¿La suma de los candidatos de izquierda y progresistas, tiene reales posibilidades de ganar a Piñera en segunda vuelta? ¿La cantidad de parlamentarios del FA es suficiente para que el gobierno de la socialdemocracia, sin la DC, pueda ejecutar su programa? – pueden resultar cursos de acción muy disímiles frente a la coyuntura que se avecina.
Estos cursos pueden ir desde el rechazo absoluto a cualquier marco de acuerdo (si no hay voluntad de diálogo, si se privilegia el pacto con la DC o si se menosprecia la importancia del FA) hasta la apuesta del “tejo pasado” en que el FA haga una exigencia político/programática hacia el candidato que enfrente a Piñera en segunda vuelta que busque tensionar de forma terminal a la NM, particularmente a la DC, en los temas más complejos (AC, ISAPRES, AFP, Nuevo Modelo de Desarrollo, presencia en negocios tercerizados por el Estado (SENAME, SENAMA, OTEC, EGIS, ATE, etc.), participación en directorios, etc.). Lo que se debe rechazar de plano, sin embargo, es una postura de “medias tintas” como lo fue la colaboración crítica que nunca terminó de ser comprendida por la ciudadanía y por gran parte del propio partido.
Por último, nada de todo esto será posible de implementar si es que el Frente Amplio no llega unido y con una sola posición a este momento crucial. RD debe en ese sentido ser un ejemplo y honrar el compromiso programático que asumió (plebiscitar la decisión de segunda vuelta) con un voto que entregue al Frente Amplio la decisión final (incluyendo por ejemplo, una alternativa que diga eso explícitamente).
El FA, por su parte, con la presencia de nuestro partido en la conducción, debe a su vez asumir en conjunto los riesgos y oportunidades de una acción como esta realizando para ello una difícil síntesis político-estratégica: combinar la conducción de su dirigencia con la participación de las bases frenteamplistas. Con los resultados de la primera vuelta en la mano, no antes, la instancia política de mayor peso en el Frente Amplio, junto a sus diputados electos y a su candidata presidencial, deberán sentar las bases de una discusión que luego deberá llegar a todos los frenteamplistas para que sean ellos quienes discutan y ratifiquen una decisión final, buscando para ello el mejor método posible. Aquel que de garantías de que el FA no se diluirá en los pasillos de la transacción, pero que tampoco evitará hacer política para demostrar a Chile que es una real alternativa de cambio radical.
 
Matías Wolff
Militante Revolución Democrática