Columna | Ahora nosotras: porque la jaula puede volverse pájaro

Por Anita Martínez, Secretaria Ejecutiva de la Unidad de Género y Participación Política de Mujeres.

Escribir en primera persona es un reto. Solíamos estar acostumbradas a no ser protagonistas de la historia. A ser las buenas tramoyas o las eficientes ayudantes de un locuaz personaje principal, que por supuesto siempre fue hombre. Hoy quiero hablar de mí, y creo que mientras lo haga también voy a estar hablando de ti. De todas. 

No hay nada tan particular en mi historia de vida que no se parezca a la de otras mujeres. Pero quizás existió un punto de inflexión que me animó a creer que algo podía hacer para cambiar Chile, sobre todo la realidad y condiciones de vida de millones de mujeres. 

Mi primer trabajo como abogada lo hice en una de esas oficinas con clientes multimillonarios y abogados que se sienten dioses. Ahí, mi jefe me acosó. He intentado olvidar las frases y comentarios que él solía decirme. Solo recuerdo sentirme atrapada, frágil y hasta culpable ¿Lo provoqué yo? ¿Es mi ropa la inapropiada? Para luego sentir rabia conmigo misma ¿Por qué deje que esto me pasara? A mí, que conozco la ley y los derechos de las trabajadoras y trabajadores. ¿Qué clase de mujer fuerte y supuestamente preparada deja que esto le ocurriera?

Como si fuera yo la que tiene que dar explicaciones. Como si fuera culpa mía y no de él y de este sistema machista. Como si esto no nos pasara a todas. Entonces me preguntaba, ¿cómo lo hace una temporera que no conoce la ley? ¿Cómo lo hace una niña frente a un profesor que debiera ser su ejemplo? Afortunadamente de la rabia a la acción no hubo tanto tiempo. Decidí volcar esa rabia, casi sin querer, en activismo feminista. Y la jaula pudo volverse pájaro.

Miro hacia atrás y ya no veo solo esa historia, veo la de mi madre y la de mi abuela. Observo sacrificio y postergación en cada una de sus decisiones, y otra vez ese relato de vida se repite en otras miles de chilenas. En el metro, miro a mujeres de manos tajeadas por el cloro hacer un recorrido de más de una hora para llegar a sus trabajos donde recibirán sueldos de miseria. En la oficina, escucho a una colega hacer malabares para coordinar que alguien retire a su hijo al colegio porque se enfermó. En el edificio en el que vivo, una vecina me comenta que luego de una vida de trabajo, solo obtendrá 100 mil pesos de pensión. 

Sé que esas historias son invisibles para la mayoría. No hay medio de prensa ni estelar que las cubra. No interesan. Lo que se espera de nosotras en este mundo es que seamos un buen objeto decorativo, una trabajadora invisible. Porque siempre será más útil y cómodo perpetuar esta forma silenciosa e invisible en que las mujeres sostenemos el sistema. 

Pero en medio de ese anonimato demoledor en el que nos sumergen, quiero contarte que tú y yo tenemos algo en común. Tenemos la convicción y la decisión de hacer algo juntas, para sumarnos a otras voces que hoy existen. Porque estoy segura que para avanzar en las transformaciones necesitamos ser más. En #AhoraNosotras nos faltas tú