Columna |Desertificación en una biósfera limitada

Fidel Cueto Rosales, Coordinador del Frente Ecosocial Región de Valparaíso.

Causada por efectos de la crisis climática, naturales y por acción de las personas, la desertificación genera un grave deterioro socio ambiental, comprometiendo bienes naturales comunes para la alimentación de más de 1.000 millones de seres humanos en el mundo, siendo el continente africano el mayormente afectado por este tipo de fenómenos. En Chile también conocemos de está “pandemia”, ya que más del 20% del territorio presenta características propias de una desertificación, en donde cerca de 7 millones de personas se encuentran en estas zonas, por lo que urge tomar medidas para frenar, mitigar y recuperar estos territorios a fin de detener los efectos adversos.

Desde 1994 que la ONU aprobó la Convención de Lucha contra la Desertificación, con más de 180 países adheridos, y Chile siendo miembro desde noviembre del ’97, cuya adhesión de ya 23 años no ha presentado los resultados positivos que deberíamos tener a estas alturas.

Cuesta creer en una efectiva acción por parte de autoridades políticas en estos años, con una débil fiscalización y con una constitución que provee al privado de muchas facultades de uso de suelos y territorios para desarrollo agroindustrial, que justamente en la región de Valparaíso, zona limítrofe con el norte chico, han tenido su máxima expresión de uso excesivo de los mal llamados recursos naturales, en zonas de monocultivo masivo, utilizando agroquímicos, talas indiscriminadas y sobreexplotación de agua. Todo mal.

La acción humana directa e indirecta, relacionadas con el calentamiento global, son factores que apuran el proceso de desertificación. Con reforestaciones de bosque mixto esclerófilo, retiro de especies de uso masivo de agua, como eucaliptus y paltos, los efectos antes nombrados se podrían ver mitigados y sería una forma de lograr parar la erosión, volver el agua a sus cauces, humedecer zonas ralas y recuperar la capa fértil de la tierra que lleva finalmente a detener el desierto.

No se trata de estar en contra del desarrollo per se, sino que entre todas y todos debemos ponernos de acuerdo para definir qué es lo que queremos en nuestro país y generar una nueva matriz productiva que sea amigable con nuestro medio ambiente, debido a que la biósfera es limitada y no podemos pensar en que los países crecerán eternamente en una espiral macroeconómica quizás muy positiva, pero con un altísimo costo actual y a posteriori pensando en el legado a nuestros descendientes.

Como país debemos revisar, en el proceso constituyente próximo, las leyes que en estos momentos permiten estos excesos con nuestro ambiente, para lograr el máximo beneficio, con el mínimo o nulo deterioro de nuestra biósfera, en donde estos beneficios lleguen a las comunidades y no a pocos bolsillos de grandes empresarios.

En este cambio constitucional se nos abre una gran oportunidad de cambiar las cosas y debemos informar e invitar a la gente a cuestionarse qué tipo de futuro quieren, si vale la pena el estilo de vida actual versus uno más simple, en donde se valore al otro, en que podamos habitar un país donde los ríos lleven agua, en donde la biodiversidad sea patente como alguna vez fue y no hace tanto en nuestra región y país.

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