Columna| Desmontando el racismo

Por Beltrán Pantoja, Coordinador del Frente Migrantes RM de Revolución Democrática.

En las noticias internacionales y redes sociales esta semana ha resonado el caso de George Floyd, un ciudadano estadounidense afrodescendiente que murió a manos de la policía. La escena, capturada en video, dio vueltas por el mundo y provocó la indignación de millones de personas, incluidos nuestros ciudadanos.

Para quienes vieron con horror e indignación la inacción de los generales y los representantes políticos para castigar la grave falta de los oficiales, la pregunta cae de cajón: ¿pasan esas cosas también en nuestro país?

La respuesta es sí; varios de nuestros casos de abusos policiales son tan o más macabros que los acontecimientos que hemos visto esta semana en las pantallas.

Los casos más crudos levantan el velo de una gran máquina. Se revela una estructura que discrimina, castiga y hasta mata. Quienes estuvieron involucrados en las muertes de Joane Florvil y Camilo Catrillanca, son protegidos por una sociedad que avala la idea de que quien es diferente es sospechoso, y quien es sospechoso es criminal.

En nuestra región sobra el actuar policial discriminatorio. El pasado miércoles 3 de Junio la Organización de Naciones Unidas denunció el ataque en Argentina por parte de la policía a ciudadanos indígenas. Brasil, por su parte, tiene un miserable récord de asesinatos de ciudadanos negros por parte de la policía, 3 de cada 4 muertos a manos de oficiales, son negros, según datos oficiales. Colombia no se queda atrás y tiene también tiene una violencia policial sistemática contra dirigentes afrodescendientes.

Con impunidad, nuestras autoridades han apuntado con el dedo y criminalizado constantemente a los que son distintos, a los que suelen culpar de todos los males de nuestra sociedad: a los negros, a los indígenas, a los migrantes, a los pobres.

Hoy, de nuevo, recordamos que debemos desmontar esta máquina del racismo y la violencia en nuestras familias, nuestras comunas, comisarías y cargos de representación pública. Somos nosotros quienes podemos exigir que nunca más tengamos un caso similar que lamentar.

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