Columna| Abriremos las grandes alamedas

Por Luis Valenzuela, concejal por Tiltil y militante de RD

Sin lugar a dudas el 11 de septiembre de 1973 es un día que quedó marcado con sangre y traición en la historia nacional, haciendo eco cada año en la memoria de los miles de chilenos y chilenas que sufrieron la persecución y muerte a mano de agentes del Estado. Ese día, hace más de 47 años, se derribó la institucionalidad de nuestra patria dando un giro brutal hacia la instalación del neoliberalismo -importado con bombos y platillos por la derecha- para beneficiar la economía de unos pocos a costa de la vida de una gran mayoría de ciudadanos, todo institucionalizado con la Constitución del 80 a punta de fusiles, en donde la participación democrática para la instauración de esta, fue un circo para la opinión extranjera. Por casi 17 años Chile debió enfrentar diferentes persecuciones, torturas e injusticias dando por hecho una imposición forzada de nuevas reglas del juego, donde unos pocos se aprovecharon de desmantelar todos los avances sociales conseguidos.

Con Jaime Guzmán, y algunos otros, impusieron una nueva carta magna que aseguraba que las reglas del tablero del juego quedaran inamovibles independiente de quien llegase a gobernar. Favorecidos por el miedo de los fusiles, el proceso de plebiscito del 80 no fue más que un mero trámite, un show democrático para la opinión pública extranjera, hipotecando cualquier cambio social por casi 40 años (hasta el 18 de octubre). 

Con el fin de la dictadura y la vuelta de la democracia, se comienzan a preparar nuevos caminos. Chile se volvía a vestir de esperanza con un país más justo, pero la sombra de los militares no se alejaba mucho desde la moneda, favoreciendo la incertidumbre sobre los cambios sociales necesarios para el pueblo. En vez de resolver dichos cambios necesarios para el pueblo, la Concertación se volcó a fomentar la privatización -haciendo negocios también- a través de concesiones privadas en carreteras, hospitales, educación, etc. Todas estas injusticias fueron calando hondo en las nuevas generaciones, fuente de energía transformadora y liberadora de la sociedad, que comenzó a movilizarse para transformar la patria hacia un hogar más justo, cabe recordar las diferentes movilizaciones estudiantiles y sociales que se fueron intensificando durante los últimos años. 

El Estallido Social del 18 de octubre no es más que la cúspide del descontento generalizado de la ciudadanía sobre las tantas injusticias que se comenzaron a gestar con el golpe de Estado y la imposición de la constitución del dictador. Sin duda ese día viernes quedará en la historia nacional como el despertar de las y los chilenos, que comprenden las diferentes injusticias que son parte de su cotidiano y que ya no están dispuestos a aceptar.

En 2017, Tiltil vivió su propio estallido a causa de las injusticias del Estado al transformarnos en un territorio de sacrificio donde no importan nuestras vidas. Ese año la comunidad se volcó a las calles para intentar detener el proyecto CICLO, un nuevo relleno industrial que se suma a la extensa lista de empresas contaminantes en la comuna, imponiendo una nueva amenaza a la vida de mis vecinos y vecinas, amparada en la legalidad del sistema imperante.

Este 25 de octubre, el Apruebo y la Convención Constitucional nos ofrecen la oportunidad de empezar a construir una patria que abrace a todo aquel que ama este país. Hoy Chile nos hace un llamado a participar por un futuro mejor donde todos debemos ponernos manos a la obra. La nueva Constitución será la piedra angular que nos permitirá crear una sociedad más justa, pero este proceso no traerá por sí solo nuevos aires: será un largo caminar donde tendremos que empujar y defender nuestras ideas transformadoras. 

“Tengo fe en Chile y su destino, superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes, sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Lo pronunciaba Allende hace 47 años, y hoy sus palabras hacen más sentido que nunca.

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