Columna: La migración sí es un derecho

Por Carolina Palma, Coordinadora del Frente Migrantes y Javier Prat, Coordinador Comisión de Migración RM.

Durante los últimos días se ha dado el debate sobre si el derecho a migrar es efectivamente un derecho o no. Así incluso, han existido contradicciones de parte de la Subsecretaría del Interior como de Cancillería respecto a esta noción.

Sobre esta discusión, que creemos artificiosa, a la vez de que se encuentra consagrada en diversos instrumentos firmados y ratificados por Chile, es importante aclarar ciertos punto que eviten caricaturas respecto a las implicancias que podría tener para nuestra soberanía, el reconocer que el migrar sí es un derecho.

El ejercicio de la soberanía permite a los Estados el regular el ingreso, permanencia y salida de los extranjeros dentro de su territorio. Señalar que suscribir pactos de cooperación internacional en materia migratoria vendría a “abrir las fronteras”, no solo es falso sino que carece de toda lógica. Lo que debemos tener presente, y acá es el foco donde debe centrarse el debate, es que la propia Constitución señala que el ejercicio de la soberanía no es ilimitado ni absoluto, sino que debe siempre respetar los derechos que emanan de la naturaleza humana.

Por lo anterior, el debate debe centrarse en si la reforma y la política migratoria, impulsada vía decreto como por el proyecto de ley, se encuentran o no ajustados tanto a estos mínimos que, cabe recordar, no surgieron ni por voluntad divina ni de las clases dominantes, sino que fueron dos guerras mundiales, siglos de colonialismo, y bastante sangre la que debió correr, para que hoy la humanidad pueda vivir con ciertas garantías mínimas, por el solo hecho de ser personas.

Y sobre lo anterior, sin dudas que la “reforma migratoria” se encuentra al debe. La consagración del principio que “los migrantes deben ganarse sus derechos”, no solo viene a ser un retroceso en la materia antes señalada, sino que viene a hacer eco de una serie de mitos infundados que ponen a las personas migrantes como culpables de las carencias en el acceso a derechos sociales y a ciertos servicios básicos. En otras palabras, se vuelve al añejo y efectista recurso de crear en el extranjero, la figura del “enemigo externo”.

Lo señalado en el párrafo anterior no solo hace ganar adhesión popular a la lógica de la “mano dura” (“ordenar la casa”). Nuestro desafío es generar y demostrar que el enfoque de derechos en materia migratoria no solo es posible, sino que funciona, y es beneficioso para el país y para quienes lo habitamos. La migración fue, es y será sinónimo de desarrollo y progreso.