Columna: ¿Qué lecciones nos deja la primera vuelta presidencial en Brasil?

Por Comisión de Participación Ciudadana Revolución Democrática

 

Al igual que en Inglaterra con el Brexit y en Estados Unidos con Trump, en Brasil los medios y los líderes de opinión no fueron capaces de prever la altísima votación que obtendría Bolsonaro, de la mano de un discurso nacionalista, violento y discriminador.
El caso de Brasil es especialmente preocupante para Chile, dada la influencia geopolítica y cultural de este país sobre la región. Por este motivo, es necesario que la izquierda chilena salga del estupor y tome nota de algunas lecciones relevantes para el mediano plazo.
1. La izquierda debe atender las principales preocupaciones de la ciudadanía: distintas encuestas nacionales muestran que los principales problemas que preocupan a los chilenos son seguridad ciudadana; migración y desarrollo social; y crecimiento económico. Hasta ahora la izquierda ha obviado algunos de estos temas aduciendo que se trata de una agenda de derecha y promovida por encuestadoras con conflictos de interés.
Esto ha derivado en que la izquierda tenga pocas propuestas en estos temas, concentrando su acción y discurso en demandas más asociadas al individualismo y la posmodernidad. Si bien es cierto que la izquierda tiene el rol histórico de correr el cerco de lo posible, no puede olvidar que es básico tener propuestas y respuestas en temas que afectan el día a día de las grandes mayorías y pueden estar menos “de moda”.
En ese sentido, es fundamental que la izquierda reflexione y ponga sus cartas sobre la mesa en temas como seguridad ciudadana, salarios, empleo o migración. Su deber es disputarle a la derecha (y a la ultraderecha) el sentido común o el consenso establecido en estos temas, con propuestas innovadoras y que desafíen la lógica individualista y neoliberal que marca el discurso.
Asimismo, la izquierda debe asumir decididamente la lucha por la profundización de la democracia. Los problemas de la ciudadanía no se resuelven con autoritarismo o “mano dura” sino con más y mejor participación, con mecanismos profundos y efectivos desde la deliberación hasta la implementación de política.
2. La unidad en la acción es fundamental: la alerta es clara. Se acabó el tiempo para los egos personales y las luchas por pequeñas cuotas de poder. Ante la amenaza inminente que representan personalidades como Bolsonaro o J. A. Kast, la izquierda debe salir de su enclaustramiento autorreflexivo y comenzar a leer el entorno.
Pero esta unidad en la acción debe ser construída sobre objetivos políticos claros, que incidan en la calidad de vida de los chilenos de a pie y que se relacionen directamente con sus necesidades básicas.
Esta amplitud debe ir más allá de los partidos y movimientos políticos, hoy por hoy considerados corruptos y poco representativos de la ciudadanía. Es necesario también abrir el diálogo con movimientos sociales de diversa naturaleza y objetivos que compartan esta agenda transformadora.
En este punto, la izquierda debiera ampliar su análisis políticos, generando sinergias entre sus objetivos ideológicos y programáticos y las estrategias electorales que adopten. La derecha ya obtuvo un triunfo arrollador en 2017 y el desafío es romper el presente ciclo de re-neoliberalización que perpetúe la privatización de los derechos sociales y normalice los discursos demagógicos de la ultraderecha.
3. La contienda es desigual: el espacio comunicacional hoy es distinto, las redes sociales fomentan un diálogo horizontal, pero que no permite grandes argumentos. Es a través de la emoción y las subjetividades donde se construyen discursos compartidos, los que son terreno fértil también de conceptos equivocados o prejuicios comunes. La emocionalidad compartida -los miedos compartidos- está siendo utilizada por ciertos grupos para manipular a la opinión pública. Tanto en Brasil con Bolsonaro, como antes con el Brexit y con Trump se han descubierto estrategias de desinformación coordinadas por grupos políticos específicos. En esta elección, los contenidos compartidos por Whatsapp parecen haber influido las actitudes de los brasileños.
Es necesario que la izquierda desarrolle estrategias para comunicar sus ideas que consideren este nuevo escenario y se capacite en los nuevos desafíos que las tecnologías digitales presentan en este campo.
4. Menos desprecio y más trabajo territorial participativo: la izquierda debe dejar de motejar a los votantes de derecha como “fachos pobres” o “ignorantes”. Justamente ese electorado ignorado ha sido bien pirquineado por los movimientos de ultraderecha. En ese sentido, es fundamental que nuestro partido potencie el trabajo territorial, sobre todo en las comunas más populares.
Fortalecer el trabajo territorial debe ser el gran objetivo estratégico. Generar los espacios, las modalidades y las metodologías que permitan la incorporación ciudadana a la discusión política. Lo territorial no es sino la expresión geográfica en donde la ciudadanía vive, trabaja, estudia y construye proyectos de vida personales y comunidad. Ese espacio, geográfico, social y político, debe ser llenada de contenidos. Esto no se logra si los principios y objetivos de la participación ciudadana están ausentes como motor de integración política y comunidad social.
Fortalecer el trabajo territorial se trata -en buena medida- en escuchar más a las personas y predicar menos. Solo así podremos conectar con las necesidades y anhelos de la ciudadanía y plantear una práctica política que justamente articule esas demandas en una agenda política transformadora construída en conjunto con la ciudadanía. Eso implica, necesariamente, avanzar en el uso de un lenguaje sencillo e inclusivo, que invite a participar de la discusión política. Cuando la izquierda habla en simple es cuando más gana, muestra de ello es la impecable franja electoral de Beatriz Sánchez, o la ya mítica campaña por el No.
Debemos comprender mejor al sujeto político del Chile del siglo XXI. Dónde está, qué los motiva, dónde se reúne. Así, probablemente, veremos que la respuesta al qué hacer se encuentra en la misma ciudadanía que por momento tememos y conducirla en un proceso político transformador, de acuerdo a sus propios anhelos. Es imperativo que salgamos de nuestra zona de confort y conectamos, de nuevo, con esos espacios poco explorados por la izquierda.