Columna|Congreso Ideológico RD 2020: Pensar nuestra revolución y su horizonte

Por Juan Sebastián Guerra, representante de la Directiva Nacional en la comisión de Congreso ideológico del Consejo Político RD.

El Congreso Ideológico 2020 es una oportunidad de consolidación de nuestro proyecto político de Revolución Democrática. A partir del estallido social del 18-O y más aún con la pandemia, queda de manifiesto que las definiciones ideológicas vigentes en RD no responden al escenario político y social chileno. Se hace necesario revisarlas, actualizarlas y profundizarlas, de manera de contar con un marco ideológico que oriente nuestra práctica política en todo nivel. En este contexto, propongo tres discusiones ideológicas centrales para alcanzar un marco que permita efectivamente reflejarse en la práctica política de nuestro partido.

1. Socialismo democrático

En primer lugar, debemos alcanzar una idea de lo que concebimos como socialismo. El socialismo tradicional del S.XX es aquella doctrina política que establece la propiedad social de los medios de producción de una sociedad como vía para la emancipación de sus miembros de las relaciones de dominación de clase. Este socialismo asumió que el conflicto de clases en la sociedad se resuelve con la conquista del Estado por parte de la clase oprimida (la dictadura del proletariado). El resultado de los socialismo reales bajo esta tesis, sin embargo, fue reemplazar una forma de dominación por otra. 

Nuestra noción de socialismo debe ser más amplia, al asumir múltiples formas de dominación y exclusión, reconociendo la centralidad del patriarcado (opresión de género), sin perder protagonismo la dominación de clase (conflicto capital-trabajo), aunque sí considerando las formas concretas que adopta en la sociedad chilena. Para la construcción de nuestra noción del socialismo, ya contamos con definiciones ideológicas (2015) que asumen como objetivos supremos el buen vivir y la emancipación. En este sentido, el socialismo que queremos construir puede entenderse no como una utopía abstracta (la sociedad sin clases), sino como camino, desde la noción de ‘buen vivir’, y a través del horizonte de la emancipación de todas las formas de dominación y exclusión de unos grupos humanos por otros. Así, y constatando que las desigualdades de poder -y su base material- se reproducen en la sociedad, el perseguir la emancipación es también propender a la igualdad social y la inclusión. Se desprende de lo anterior que la vía para la inclusión y la emancipación es inequívocamente la democracia, pero sobre todo en términos de democratización, en un amplio sentido: del poder, de la participación en deliberación y toma de decisiones; de la riqueza; de la propiedad; del ejercicio efectivo de derechos, de las relaciones de género, etc. Entonces, la democratización no sólo es el camino al socialismo, sino que la propia búsqueda de igualdad y libertad del socialismo se entiende en términos de democratización.

Esta noción de Socialismo Democrático implica pensar la democracia como democracia radical, que supere las nociones tradicionales del socialismo (dictadura del proletariado) y de la democracia liberal. Nuestra noción de democracia, al enfrentarse a múltiples formas de dominación y exclusión, debe asumir el conflicto permanente en la sociedad, que no se resuelve con la conquista del Estado por la clase oprimida (dictadura del proletariado), y que requiere deliberación democrática constante y pluralista. 

2. La Revolución Democrática

Una segunda discusión tiene que ver con cómo entendemos nuestro proyecto revolucionario y democrático en el marco de la historia de Chile. Una de las claves se halla en una definición que ya tenemos: la de ser un proyecto antioligárquico. Chile siempre ha sido una república oligárquica. Este orden social se funda sobre el ideario portaliano, que sostiene el poder concentrado en la élite en virtud de una ‘superioridad moral’, es decir, porque considera que el pueblo es inmoral e incapaz de ejercer la soberanía, lo cual hace la democracia inviable. El ideario portaliano, además, instaura ‘el orden’ como valor político supremo, lo cual justifica el ejercicio autoritario del poder cuando el orden se ve amenazado. Esos elementos del ideario portaliano moldean la forma en que la élite opera, por ejemplo, en responder con represión a la protesta social y sin capacidad de responder a las demandas. Bajo esta lectura, el gobierno de la UP es un punto cúlmine de amenaza al orden oligárquico, y por tanto desencadena la reacción autoritaria de la élite tradicional. De la misma forma, ante el estallido de octubre de 2019, el gobierno reacciona con represión y sin ceder a ninguna de las demandas de bienestar social.

Esta noción del orden portaliano nos permite identificar al adversario en un sujeto político, en vez de situarlo en sistemas abstractos (neoliberalismo, patriarcado, etc.). Así, no sólo permite identificar cuál es el orden social que queremos transformar, sino también quiénes son los que lo sostienen o defienden. Se trata de una clase dominante homogénea, que controla el Estado, los medios de producción materiales y simbólicos (empresas y medios de comunicación); gobierna autocráticamente y reprime demandas de transformación social profunda. Esa élite se clausura socialmente, se auto-segrega, e impone a mayorías sistemas sociales que no aseguran derechos ni bienestar, mientras tiene sus propios sistemas de privilegios, bajo el discurso de la meritocracia (talento y esfuerzo).

El adoptar este anclaje como objeto de la revolución democrática permite también pensar en la (re)construcción del pueblo como sujeto político en contraposición a la élite, a partir del estallido social del 18-O, con un relato anti-status quo, y en un clivaje revolución-reacción. Otros conflictos, como el centralismo, la relación con pueblos originarios o la crisis climática, también pueden leerse en clave del conflicto entre pueblo y élite, es decir, entre quienes luchan por dignidad y una mejor vida, y quienes concentran el poder y la riqueza, y ejercen la explotación. Este antagonismo alimenta la incipiente reconstitución de una identidad común, a partir de una serie de identidades fragmentadas, que empiezan a encontrar elementos comunes (el abuso, el endeudamiento, la precariedad, la contraposición a la élite, la resiliencia, la resistencia). Sin embargo, este incipiente proceso sucede en un contexto cultural neoliberal y de progresiva individuación, lo cual impone el desafío de construir sujetos colectivos que no asfixien la pluralidad de identidades individuales, es decir, se trata de aspirar a la construcción de organización basal pluralista, que no anula la diversidad sino que se nutre de ella.

3. Economía Feminista: hacia un nuevo modelo de desarrollo

Un tercer elemento central para nuestro proyecto se encuentra en los principios de la economía feminista, especialmente en su corriente rupturista, como base para la construcción de un nuevo modelo de desarrollo. Ya contamos con una definición anticapitalista, y en la práctica nos orientamos por principios políticos como la solidaridad. La economía feminista parte de la base de que los seres humanos nos necesitamos los unos a los otros (interdependencia), y que necesitamos también de un medio ambiente que tiene limitaciones, que debemos cuidar, y del que somos parte como ecosistema (ecodependencia). A partir de estas dos constataciones, el centro de la economía debe ser el bienestar de las personas y la sostenibilidad de la vida, en un marco de sustentabilidad. Es decir, el desarrollo social se ordena apuntando al bienestar, la salud y la reproducción sustentable de la sociedad, dentro de los márgenes de la naturaleza. Esto se traduce en asignar responsabilidad al Estado, y no sólo a las familias, sobre las labores de cuidado y reproducción social, reconociéndolas como labores colectivas y considerándolas en la planificación económica.

En un contexto de resocialización como la pandemia, en que el modelo de desarrollo neoliberal se ve altamente cuestionado, encontramos una oportunidad sin precedentes para repensar la economía. En este sentido, los principios de la economía feminista de la ruptura ofrecen un marco para repensar el modelo de desarrollo. Por mucho tiempo y con bastante éxito, la derecha neoliberal trabajó en instalar la idea de que no existía alternativa al capitalismo, aprovechando la erosión ideológica de la izquierda luego de la caída de los socialismos reales. Hoy, el feminismo es la clave para transformar la sociedad en lo más profundo, esto es, en su base material. Su capacidad movilizadora y politizadora pareciera no conocer límite, pues su mirada es transversal a todos los ámbitos de la vida. Y su agenda, la igualdad de género, tiene el potencial de conquistar el sentido común aceleradamente, desde la moral y la política, pues tiene un correlato concreto en la experiencia cotidiana de las múltiples expresiones del patriarcado. 

Recapitulando, estas tres ideas aportan a nuestro proyecto, respectivamente, un horizonte, un clivaje y los principios para un modelo de desarrollo. En primer lugar, se propone pensar el socialismo democrático como horizonte de emancipación, inclusión y, en fin, buen vivir. Y en consecuencia, concebir como camino para alcanzarlo la democratización radical del poder y de las condiciones materiales para el ejercicio de la libertad. En segundo término, se propone una lectura del clivaje revolucionario a partir de la contraposición al orden portaliano, lo cual permite situar al adversario en un sujeto -la élite conservadora, que concentra la riqueza y el poder, y resiste los cambios progresistas- y eventualmente avanzar en una reconstitución de la identidad común de pueblo, que se nutra de una fragmentada diversidad de identidades de resistencia. Y en tercer lugar, y quizás lo más importante, se propone pensar un nuevo modelo de desarrollo desde los principios de la economía feminista de la corriente de ruptura, que sitúan el enfoque de la economía en el bienestar de las personas y el equilibrio con el medioambiente. 

Estas tres ideas podrían configurar un marco ideológico para nuestro partido, que oriente su práctica política y contribuya a consolidar la identidad revolucionaria de nuestro proyecto. Más allá de complejas formulaciones teóricas, necesitamos ideas y principios sencillos pero robustos, que se traduzcan en nuestras acciones y discursos. Debemos recordar que aquello que nos inspira es que las personas puedan vivir mejor, ser verdaderamente libres y participar plenamente de las decisiones que moldean nuestra sociedad. Esa es nuestra revolución.

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