Columna|Nunca hubo normalidad, reflexiones más allá del COVID-19

Macarena Ripamonti, militante de Revolución Democrática, e investigadora del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales de Valparaíso

Como si fuese sacado de un capítulo de un libro de Naomi Klein, pareciera ser que el gobierno de Sebastián Piñera se las ha arreglado para sacar provecho político de este “shock global”. Con el discurso de “hacer frente a la pandemia”, de forma desapercibida se nos cuela frente a nuestras narices la implementación repetitiva de políticas con evidente carácter antidemocrático: el proyecto de ley que suspende las negociaciones colectivas y debilita el poder de negociación de los trabajadores, los decretos ministeriales para prohibir y continuar reprimiendo las manifestaciones de carácter político, en conjunto con el permanente maltrato policial hacia las personas más vulnerables, tolerado e incentivado por la autoridad civil, son ejemplo de aquello. 

El último eco de autoritarismo, lo observamos el 26 de abril, fecha en que se celebraría el plebiscito de entrada para redactar una Nueva Constitución. El Presidente invocó, en televisión abierta, al fantasma de la recesión económica para dejar en evidencia sus ideas personales sobre la postergación de la discusión constitucional. Al parecer, la vuelta a una “nueva normalidad” es la única y sincera prioridad a la que este gobierno quiere convocarnos. Veamos entonces, ¿qué nos dicen cuando hablan de nueva normalidad? 

La sociedad en la que vivíamos antes de la llegada del COVID-19, incluso a nivel global, ya se encontraba atravesada por profundas desigualdades y una gran polarización, no sólo política, sino también económica. Lamentablemente, Chile no es el único país en el que contamos la triste historia sobre el reparto desigual de la riqueza. Las 26 personas más ricas del mundo poseen lo mismo que la mitad de la población del planeta, es decir, unas 3.800 millones de personas. Sin embargo, es probable que en cierto sentido todos pensemos -al igual que el gobierno- que el mundo cultural, político y económico que nos rodeaba con anterioridad a la llegada del virus, era la forma natural, normal e incluso necesaria para convivir en sociedad. Lo cierto es que esto no es así.

La forma en como pensamos y arreglamos nuestra vida en sociedad, se ve determinada por diferentes factores que son igual de contingentes que el COVID-19. Es esa misma característica contingente, la que permite que los sistemas políticos y económicos puedan y deban ser revisados y cambiados por otros, y no ser considerados como algo “normal” o “natural” que merezca ser conservado. En ese sentido, los cambios que denuncia el pueblo de Chile, que sin duda son sistémicos, no consisten en un capricho orquestado por un sector político, sino que coinciden justamente con la necesidad real que nos demandan las mismas contingencias que rodean al mundo en el que vivimos. Desarrollemos esta idea: 

Las amenazas que azotan a la población mundial, son terroríficamente reales: el cambio climático y la crisis por el agua, que pronto afectará a un cuarto de la población mundial; la automatización del trabajo, que eventualmente dejará a millones sin empleo; incluso la producción industrial de animales para consumo humano y su relación estudiada con el brote de enfermedades zoonóticas que, de cuando en cuando, ponen también de cabeza al mundo con algún tipo de virus, bacteria o parásito. Estos son ejemplos de circunstancias que nos acontecen como sociedad y que como vemos, se asocian principalmente a un modelo económico de carácter global. De esta manera, ante las amenazas por contingencias globales que nos presionan a llevar adelante un cambio de paradigma, es necesario repensar nuestra forma de relacionarnos como comunidad global de manera más empática y solidaria. Parte del éxito que requieren nuestros procesos políticos internos, probablemente dependan del respeto y la solidaridad internacional. 

Ninguna normalidad entonces, sino el trabajo coordinado para la construcción de sistemas más racionales e igualitarios, que permitan afrontar los desafíos globales sin hábitos necropolíticos. Es decir, sin sistemas que tengan que cargar sus propias posibilidades de existencia sobre los cuerpos más pobres, más estresados, más expuestos a condiciones de contaminación y a otros tipos de violencias.

El desafío está en entender que estos retos no sólo requieren de un cambio a nivel de partidos políticos o sistemas económicos, sino también de nosotros mismos. Por ello, hoy es vital acabar no sólo con el virus que se detecta con un examen de PCR, sino con el virus que se detecta en nuestras prácticas individuales regladas por las leyes del “sálvese quien pueda”. 

Esta pandemia nos ha permitido cultivar un sentimiento primordial por la empatía. El COVID-19 no sólo le puso rostro a las demandas de la revuelta social de octubre, sino que afectó de forma profunda nuestras más íntimas sensibilidades. Muchos entienden ahora mismo el impacto que significan nuestros actos individuales para la salud y la vida de lo demás. En se sentido, debemos comprender que para forjar un nuevo país, una nueva realidad, ya sea en la pronta discusión constitucional o en cualquier otra acción política venidera, es imperativo tener, como base y fuente de motivación, esta experiencia y memoria colectiva que es capaz de detenerse y postergarse por el otro. 

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