Columna|Recuperación justa y sostenible: hacia formas de vida digna

por Juan Ignacio Latorre, Senador RD Región de Valparaíso y Pedro Pablo Achondo, Teólogo y poeta Red de Pensamiento Social Cristiano.

En la presente columna, queremos reflexionar sobre nuestras formas de vida y convocar a una conciencia ecológica, que nos parece aún sigue sin penetrar las hebras más profundas de nuestra sociedad. Esto, en consonancia con una declaración del pasado 16 de junio sobre la reactivación de la economía, realizada por la Sociedad Civil para la Acción Climática (SCAC), la que alberga a más de 130 organizaciones medioambientales de Chile[1].

El filósofo italiano Giorgio Agamben, en su libro sobre las órdenes monásticas, llamado Altísima Pobreza, se pregunta por el vínculo entre vida y regla, por la posibilidad de que una vida sea regulada por un conjunto de normas que en definitiva vayan configurando una “forma de vida”. En su reflexión, se pregunta por la dialéctica que se suscita entre regla y vida teniendo muchas veces que decidir entre una u otra. O, como lo expresa, definiéndose en términos de que “la regla es la vida”.

Es interesante la reflexión de Agamben para entrar y pensar desde otro lugar la dialéctica en la que nos hemos situado en Chile que, grosso modo, se ha expresado como “cuidar la vida o la economía”. Esta dicotomía merece un análisis más profundo que nos lleve a pensar en la vida y en la economía. No es difícil que el debate público, a ratos realizado de manera simple y rápida en matinales, nos aleje de lo fundamental, a saber, de pensar “una economía para la vida”.

Aquí es donde las ideas socioambientales y la justicia climática adquieren total relevancia. En su libro sobre Economía Ecológica y Política Ambiental, Joan Martínez Alier y Jordi Roca (2013) explican la idea de “economía ecológica”, campo interdisciplinario y plural que se refiere a una economía que ve una interrelación entre el uso de los mal llamados recursos naturales y los impactos ambientales. Es decir, una economía que se piensa desde la sostenibilidad ecológica y se contrapone a una lectura basada en el crecimiento económico ilimitado y como fin en sí mismo.

La CEPAL ha hablado recientemente de la necesidad de un “nuevo modelo de desarrollo”, donde se respete el medioambiente, la vida de las personas y se detenga, de una vez por todas, una economía extractivista neoliberal y los neoextractivismos en América Latina[2]. Es lo que las comisiones de medioambiente de los partidos de la oposición expresaron hace unas semanas frente a la propuesta del gobierno de un marco fiscal y plan de emergencia para la reactivación económica[3].

Estamos de acuerdo y al mismo tiempo conscientes de que se requiere una profunda discusión pública y diálogo democrático. La Economía Verde, la Economía Circular, la Economía Colaborativa, la Economía del Bien Común, la Economía Social y Solidaria, el Decrecimiento, la Democracia Económica, el Comercio Justo, el Cooperativismo, los Bienes Naturales Comunes, la Agroecología, los postulados del Buen Vivir y los derechos de la naturaleza, el Conservacionismo, la ética Biocultural, el Bioregionalismo, la Soberanía Alimentaria, son algunas de las alternativas.

Todas ellas ideas, propuestas y búsquedas que merecen ser conocidas, debatidas e impulsadas. Como dijimos hace un tiempo, reflexionando sobre el último ensayo de Boaventura de Souza Santos[4], el futuro no puede ser de una sola idea, de un solo camino. Es el tiempo de la pluralidad de alternativas ecosociales y territoriales. Impulsar un solo modelo de recambio, una sola manifestación de la economía y la justicia sería volver a caer en la misma trampa del “pensamiento único” que nos lleva a un único camino de “progreso” y “desarrollo”.

Es interesante, volviendo a Agamben, comprender el franciscanismo como un movimiento integral, donde la “forma de vida” es finalmente puesta por sobre la ley y la doctrina. Más importante es, cómo se vive que lo que dictan las leyes y dogmas. Esto puede llevarse al plano social y político, sin duda. Salvaguardando el momento cultural, lo que interesa es la idea de fondo: ¿de qué sirve acogerse a tal o cual medida, si “vivimos mal”? ¿Para qué seguir ciertas leyes y normativas si al final del día nos encontramos en condiciones de mayor miseria, dolor e incertidumbre?

No hay algo como una elección entre economía, salud o vida, ni tampoco entre comida y trabajo. Y si lo hubiera no es una decisión de cada ciudadano o ciudadana, pues para eso existe un Estado que debe velar por el bien común. Las “formas de vida” precarizadas, abusadas y sobreendeudadas son las que estallaron en las calles de Chile el pasado 18 de octubre. Ellas nos interpelan a avanzar en justicia social, pero también a repensar las estructuras económicas y políticas que hemos generado para que se reproduzcan las desigualdades y millones de hogares tengan que padecer una vida indigna.

Tanto el estallido como la pandemia y los procesos democráticos que se avecinan, son una interpelación profunda a la responsabilidad. La de todos, pero en especial la de aquellos y aquellas que administramos e incidimos en los poderes públicos y tomamos decisiones que afectan al colectivo. También la de aquellas pocas manos que concentran niveles de riqueza y patrimonio, que en el actual contexto de hambre y ollas comunes es una vergüenza. Partiendo por el Presidente Piñera.

Si bien hoy atravesamos una dura crisis sanitaria por la pandemia y crisis económica, social y humanitaria, tenemos la oportunidad de  –y esperamos seamos capaces de realizarlo– pensar las bases de nuestras “formas de vida”. Si “esta economía mata”, como afirmaba categóricamente el papa Francisco el año 2013 en su exhortación apostólica llamada La alegría del Evangelio (Evangelii Gaudium, 53)[5] es, justamente, esa economía sin rostros.

Una economía dislocada de la vida de las personas y los pueblos. Economía de cifras y finanzas encriptadas que ya no da para más. ¿Por qué? Por la forma de vida. Esta ya antigua disputa y debate que a ratos parecen estériles y llenos de lugares comunes, es hora de mirarlos desde otras ópticas. Una de ellas es la forma de vida y la otra el desastre ecológico al que hemos llegado. Ambas, profundamente ligadas. Es lo que el papa Francisco afirma en la encíclica “Laudato Si”, sobre el Cuidado de la Casa Común del 2015[6], esto es, la imposible separación entre la justicia social y la justicia ecológica (hoy entendida de mejor manera como climática); entre el sufrimiento de las personas, por sus “formas de vida” empobrecidas y el sufrimiento de los territorios y ecosistemas.

Esto último se refleja en: crisis hídrica, depredación de los animales, deforestación indiscriminada, pérdida de biodiversidad acelerada, zonas y (comunidades) sacrificadas, humedales destruidos y leyes que no toman en consideración, suficientemente, el hecho de que todos y todas habitamos el planeta y que necesitamos de él para convivir, en una relación de interdependencia y coexistencia.

Cuando hablamos de la economía que mata, es imposible no acordarse de las palabras de uno de los padres de la Iglesia, San Juan Crisóstomo: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”.

La economía que mata, mata personas y mata el medioambiente. La injusticia socioecológica está ahí donde miremos; y esta “interrupción del tiempo” –como sugerentemente exhortaba Walter Benjamin– se puede transformar en el tiempo propicio para cimentar una economía nueva, sostenible ecológicamente, hermanable con el medioambiente y las comunidades. Una economía que no aniquile las “formas de vida”, sino que las permita, las asegure y les otorgue el cauce que hoy parece pertenecer a unos pocos poderosos, entre ellos, el propio Presidente de Chile.

Nos parece interesante el ejemplo del franciscanismo y de otros movimientos de la época, los que, más allá de sus inspiraciones cristianas, consistieron en una radical propuesta de otra forma de vida. Si bien en el contexto y espíritu franciscano esa nueva forma de vida implicaba la renuncia a la propiedad o, como explica Agamben, a una forma de vida fuera del derecho, esto es, sirviéndose de los bienes sin poseer sobre ellos derecho alguno (ni de propiedad ni de uso).

Forma de vida, sigue Agamben, impensada e impensable en las actuales condiciones de la sociedad neoliberal. Sin embargo, en los trasfondos notamos un tema mayor, al que la política nacional debiera dedicarle más tiempo y más tinta. Nuestra época nos demanda una vida más ecológica y comunitaria (Francisco de Asís es identificado con estos dos aspectos), más colaborativa y compartida, más respetuosa y dialogante, más compasiva y de cuidado. Lo anterior implica superar formas de vida individualistas y poco éticas.

La comprensión de una economía ecológica puede permitirnos continuar cimentando esas nuevas formas de vida necesarias para la sociedad que habrá que construir en el Chile posestallido social y pospandemia. ¿Cuáles son y serán aquellas reivindicaciones y luchas no transables para las formas de vida que deseamos? ¿Seremos capaces de construir una sociedad que asegure las condiciones para una vida digna a las actuales y futuras generaciones? Necesitamos un nuevo pacto social democrático y constituyente que lo posibilite.

*https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2020/07/08/recuperacion-justa-y-sostenible-hacia-formas-de-vida-digna/

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