Columna|Sequía y desertificación en tiempos de antropoceno y saqueo

Diego Soto Rodríguez, Militante de RD e integrante de la Comisión Nuevo Modelo de Desarrollo, Mesa nacional de MODATIMA, Ingeniero Civil Hidráulico y Sanitario Ambiental.

Hablar de sequía y desertificación en estos tiempos, es hablar de las consecuencias de la acción humana y del modo de producción hegemónico, del devenir de la historia, su avance incesante e irreflexivo, que nos tiene en el punto actual, en el que cada día debería ser el punto de inflexión.

En tiempos de COVID19, pandemia causada por la acción humana producto de la destrucción de ecosistemas y barreras biológicas, de los sistemas de cría industrial, en donde, cientos de miles de animales conviven esperando el matadero en condiciones óptimas para que microbios se transformen en agentes patógenos [1] y no en “buenas personas”. En tiempos de crisis climática, en donde el cambio climático producto de la acción humana, es una verdad de nuestra generación, ya no existe espacio para el negacionismo, es el aumento de las concentraciones de CO2 equivalente durante el siglo XX, producto de un modelo de producción y consumo basado en la quema de combustibles fósiles [2], el de potencias económicas que no disocian el crecimiento del producto interno bruto de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). En estos tiempos, hablar de desertificación y sequía es de completa coherencia con la crisis climática y de modelo económico que atravesamos.

Estrés hídrico y sequía

Proyecciones indican que para 2025 se estima que 1.800 millones de personas a escala global enfrentarán escasez absoluta de agua y unos dos tercios de la población mundial no tendrá suficiente acceso al agua [3]. En Chile cerca del 40% de los municipios se encuentran con decretos de escasez hídrica (136 comunas), 2 millones de personas en el mundo rural tienen acceso precario al agua, por debajo de los estándares internacionales. Los modelos de circulación global (GCM por su sigla en inglés [4]) indican que existirán aumentos de las temperaturas promedios y disminución de la precipitación anual en la zona central de Chile, investigaciones de académicos acuñan el período de los últimos 10 años como megasequía [5], en un innegable escenario de disminución de las precipitaciones en comparación a los datos históricos.

El debate que se pone sobre la mesa es entonces ¿es la sequía responsable de los problemas de acceso al agua de los habitantes de nuestro territorio y de la degradación de los ecosistemas? La respuesta es un tajante NO. Los argumentos, el 77% de los derechos de aprovechamiento de agua consuntivos [6] son utilizados en irrigación (riego), principalmente agronegocio e industria forestal; más del 80% de las cuencas se encuentran sobre otorgadas, de igual forma los acuíferos (depósitos de sedimento en el subsuelo que contienen grandes reservas de agua, más de 10 veces que ríos y lagos); en palabras simples, se extrae más agua de la que ingresa a las cuencas; no existe prioridad de uso y el agua que debería ser para el consumo humano, la preservación de los ecosistemas y la pequeña economía campesina, se exporta en forma de frutas o se transforma en celulosa. Por tanto, cuando se habla del problema del agua en Chile, hay que hablar de estrés hídrico producto de la sobre explotación de las cuencas y la falta de gestión integrada del recurso hídrico.

Casos emblemáticos son la comunidad de El Melón en la Región de Valparaíso, en donde Angloamerican extrae más de 400 l/s para sus procesos mineros y la comunidad de 11 mil habitantes no tiene suministro continuo y necesita para satisfacer su demanda menos de 30 l/s, ambos extraen desde la misma fuente (a metros de distancia), el acuífero del Aconcagua. Más popular es el caso de Petorca y Cabildo, epicentro nacional del robo de agua, en donde el exceso de hectáreas plantadas de palto hizo desaparecer los escurrimientos superficiales y tiene en riesgo al acuífero de Petorca y de La Ligua.

Desertización y desertificación

Es importante diferenciar al tránsito hacia condiciones morfológicas, climáticas y ambientales desérticas producto de procesos evolutivos naturales de la desertificación. Nuevamente volvemos a las consecuencias de la acción humana, expansión urbana descontrolada, deforestación y la degradación del suelo. Lo anterior producto de la agricultura convencional y la ganadería extensiva, es decir, volvemos al modelo de producción.

En 1992, en la conferencia de Medio Ambiente y desarrollo de la ONU, ya se advertía que la especie humana estaba poniendo en riesgo su propia existencia y que era necesario un cambio de paradigma [7]. En diciembre de 1994 la asamblea general de la ONU proclama el 17 de junio como el día mundial de lucha contra la desertificación y la sequía. 28 años después, la evidencia científica es irrefutable y las acciones necesarias para realizar cambios se ven lejanas o nulas en manos de gobiernos que no tienen límites entre lo público y lo privado, ni entre los negocios y la política. El desafío para la construcción de un nuevo modelo de desarrollo (no solo de producción) tiene que ver con ser protagonistas, protagonistas en las movilizaciones y en la protesta social, en la disputa de poder político en los gobiernos locales, en el parlamento, en el Estado, ser parte de los movimientos sociales, enfrentarse con el extractivismo y la privatización en la teoría y en la práctica, en otras palabras, construcción de partido, con vocación de poder, disciplina, enraizado en los territorios (urbanos y rurales), en la protesta popular y en la producción teórica.

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