Crisis de instalación del nuevo Gobierno: ¿Desprolijidad o incapacidad para entender la sociedad actual?

Toda la información acerca de la historia de las autoridades cuestionadas, está disponible en Internet, o accesible a través de la ley de transparencia. Esto es algo que evidentemente no hizo la clase política, ¿por desconocimiento o desidia?

El síntoma
Los principales temas de debate de las últimas semanas han sido la  falta de prolijidad en la nominación de las autoridades políticas del gobierno electo, las asesorías contratadas a candidatos no electos de la coalición de Gobierno y la conformación de ternas para notarios en las que figuran altos personeros de Gobierno.
Los partidos políticos culpan a los asesores, los asesores responsabilizan a los partidos, el Gobierno dice que está haciendo lo mismo que hizo la oposición cuando fue Gobierno; finalmente la ciudadanía mira con estupor esta danza de acusaciones cruzadas.
Los autores de esta columna no queremos entrar en el debate acerca de la gravedad o pertinencia de los cuestionamientos, algunos podrán tener más fundamento que otros, pero esa es harina de otro costal. Sin embargo, nos interesa destacar un aspecto que ha sido poco considerado y que nos parece que está en el centro de esta crisis:  la creciente brecha existente entre la clase política  y la ciudadanía en relación a  la comprensión de cómo fluye la información en la sociedad moderna, y el efecto que esto tiene en los procesos políticos. Las élites siguen ciegas y sordas frente a las enormes transformaciones en todo orden de cosas, que se están produciendo de la mano de  las nuevas tecnologías, lo que es una señal extraordinariamente  preocupante acerca de la forma en que gobernarán.
Lo que ha ocurrido nos parece  claro: toda la información acerca de la historia de las autoridades cuestionadas, está disponible en Internet, o accesible a través de la ley de transparencia; es cosa de buscar adecuadamente o de solicitar la información y los antecedentes desfilan ante los ojos del investigador. Esto es algo que evidentemente no hizo la clase política, (¿por desconocimiento o desidia?), en cambio sí lo hicieron y seguirán haciendo los ciudadanos, que habitan desde hace tiempo el ciberespacio y que  están utilizando estos medios con creciente destreza para equilibrar la balanza del poder.
Y no sólo eso, también la ciudadanía está utilizando cada vez más  los medios digitales para canalizar sus denuncias. En efecto, si antes bastaba con llamar a dos o tres directores de medios para dilatar, censurar o derechamente silenciar una noticia, hoy esto es imposible. De hecho, los medios que han liderado la publicación de las denuncias son todos virtuales: Ciper, El Mostrador, El Dínamo y el Quinto Poder entre otros.
Las declaraciones de Andrés Zaldívar al expresar su molestia con la situación vivida y sostener que “… se dio una muestra de que un grupo de poder por importante que sea puede modificar las decisiones de un gobierno”, demuestran que él y muchos siguen pensando y haciendo  política del siglo pasado, sin comprender los alcances de los cambios que ocurren en el mundo moderno, y que poco a poco van cambiando las reglas del juego, empoderando a los ciudadanos y quitándole poder a las élites.
El diagnóstico
En sociedades como la nuestra, los partidos políticos han monopolizado la intermediación entre la ciudadanía y el gobierno.  Teóricamente, su rol es articular las demandas de los distintos sectores de la sociedad y formular dichas demandas al gobierno en busca de respuestas pertinentes y oportunas. Además de esta función, esencial en el sistema político, les correspondería también  la preparación y entrenamiento de los cuadros dirigentes que ocuparían los cargos de la administración pública, así como la presentación de los candidatos a los cargos de elección popular.
Desde hace ya algunos años en las democracias de la mayoría de los países occidentales se advierte un distanciamiento entre los partidos y la ciudadanía. Los partidos han perdido sintonía con ésta  y no la interpretan. La  opinión ciudadana les es cada vez menos favorable. En términos generales, se aprecia una disminución en la legitimidad y credibilidad que históricamente se les había otorgado.
Síntomas de esto son el bajo aprecio de la ciudadanía por los partidos (20% de aprobación a la NM y 24% de apoyo a la Alianza según encuesta CEP sept. Oct. 2013), la alta desaprobación de  las instituciones características de nuestra democracia (Cámara de Diputados con 74% de desaprobación y Senado 72% de desaprobación según encuesta Adimark de Octubre de 2013), alta abstención (51% en la última elección) y surgimiento de candidatos populistas que construyen discursos desde la crítica a los partidos (Parisi).
Antes, cuando había una fuerte diferenciación ideológica entre ellos, cada partido representaba un proyecto de nación diferente. Ahora, acusados de una orfandad ideológica que les hace muy parecidos entre sí, actúan más como maquinarias electorales para llegar al poder, y simplemente ejercerlo. De representar cosmovisiones diferentes sobre el Estado y la sociedad, han devenido, en muchos casos, en simples instrumentos para el ejercicio de la gestión pública desde el poder del Estado. Esto ha producido también un deterioro en la vida interna partidaria, fuertemente tensionada por liderazgos individuales más que por proyectos integradores. Los partidos son cada vez menos atractivos para el grueso de la ciudadanía, se ha ido deteriorando la  democracia interna y los militantes y simpatizantes casi no participan de las decisiones partidarias ni de las definiciones programáticas.
Por otro lado, ha ocurrido también que la función de intermediación entre la sociedad y el Estado, ejercida por los partidos políticos, ha sido cada vez más limitada. Diversas organizaciones han asumido directamente la articulación de intereses y su presentación en forma de demandas al Estado, como es el caso de los temas referente a las minorías y los ecológicos, entre otros. En la medida de que las sociedades se democratizan, haciéndose más participativas, la sociedad civil y las organizaciones que las conforman encuentran mayores espacios para reivindicar el derecho a solicitar que sus pareceres sean escuchados.
Disminuidas la credibilidad y la legitimidad de los partidos, la sociedad civil ha tenido oportunidad de posicionarse como un nuevo actor en los asuntos de interés público y político, queriendo disputarle algunas funciones que se entendían propias de estas organizaciones. La ciudadanía ha buscado formas de articularse, y las Tecnologías de la Información han tenido un rol importante en este proceso.
La nueva ciudadanía, que hoy se muestra desconfiada y escéptica, también es más libre, más informada, más opinante y mucho menos obsecuente. No está esperando que le traigan una nueva propuesta sino que la escuchen, la consideren y le respondan con franqueza, sin discursos ni eufemismos.
Se espera que en el futuro cercano este proceso continúe desarrollándose y profundizándose a la par del proceso de politización y movilización creciente de la ciudadanía, en torno a las causas tanto globales (medio ambiente, cambios constitucionales, etc.), como sectoriales (educación, salud, trabajo). En este escenario el uso de las  herramientas digitales cobrará aún más relevancia.
El desafío
El proceso que actualmente estamos viviendo parece ser una fase de transición, en la cual una clase política educada en la teoría y la práctica del siglo XX está siendo incapaz de leer estos nuevos fenómenos y de moverse en esta nueva realidad, volviéndose cada vez más torpe y obsoleta. Este es un enorme desafío para los movimientos emergentes, y creemos que aquellos que logren interpretar estos fenómenos y canalizarlos a favor de más y mejor democracia, lograrán reencantar a la ciudadanía  renovando la política y  terminarán  desplazando a los ya gastados partidos del siglo 20 y a sus dirigentes.
Por: Sergio Arévalo / Didier de Saint Pierre
Fuente: www.eldinamo.cl