De las movilizaciones del 2011 al Estado

Un proyecto que se propone transformador debe ser capaz de organizar varios frentes, como lo hacía Recabarren, al mismo tiempo que imagina su propia Promoción Popular que otorgue sentido a la conquista del Estado. Se trata de pedales para hacer girar la rueda de la democracia hacia una sociedad mejor.
Por Nicolás Valenzuela
A principios del siglo XX, Luis Emilio Recabarren celebraba los 17 años del Partido Demócrata –partido del que era activo militante– fundando y organizando periódicos y sociedades mancomunales. Creía en lo que creaba: la unión obrera era el camino de la emancipación de los trabajadores explotados en el sórdido Chile del centenario. Esa idea era la que ponía en práctica.
En ese Chile, con menores niveles de educación, con mayores miserias, con menos oportunidades de conectarnos como ciudadanos con el mundo, existían personas como Recabarren, que optaban por el trabajo político como forma de cambiar el mundo –tal como lo hizo, habría que decir en estos días, Nelson Mandela en Sudáfrica medio siglo más tarde-. Las personas prácticas con grandes ideales, como Recabarren, se diferenciarían en un tema fundamental: a diferencia de él, dificultosamente hoy creeríamos en que hay una sola forma de organizar a la sociedad para alcanzar la felicidad de los hombres y mujeres que la componen. Tampoco que hay un solo camino posible para llegar a ella. Menos, que al dar algún paso en esa dirección, los siguientes sean inevitables.
Cuando hablamos hoy de que ya no nos gustan los determinismos, ni tampoco aquello que se impone “de arriba hacia abajo”, ello obviamente debiese incluir nuestras tesis y estrategias políticas. Todo aquello que el antiguo marxismo definía como “inevitable” debiese generarnos dudas. Sin embargo, para nuestra construcción “desde abajo” es fundamental aprender de la lucha de Recabarren: como herramientas de los obreros, un partido para la lucha electoral (primero el Partido Demócrata, luego el Obrero Socialista), una imprenta para publicar diarios y pasquines (El Proletario, El Trabajo, y tantos más) y las sociedades mancomunales para que los trabajadores se organizaran y ayudaran entre si (por esos días se preocupaba de organizarlas desde Tocopilla a Valdivia). Conclusión: desde el comienzo de la lucha política emancipadora en Chile, ésta no era solo electoral, sino que incluía el campo de las comunicaciones y de la organización desde la sociedad civil.
Lo mismo comprendió, desde el centro político, Eduardo Frei Montalva. Para impulsar su proyecto deRevolución en Libertad planteó en 1968 la Ley 16.880 conocida como de “Promoción Popular”, fomentando la creación de organizaciones sociales de base que pudieran aportar a las soluciones de los principales problemas que afectaban a la población. Cuando hoy se habla de la Ley 20.500 de “Participación Ciudadana”, las organizaciones a las que apuntan los Consejos de la Sociedad Civil son aquellas tributarias de la idea original de la promoción popular. Estas dos leyes son ejemplos, buenos o malos, de cómo plantear desde el Estado el fomento de lo que Recabarren organizaba desde el esfuerzo político obrero original.
El camino de la organización no es nuevo. Simplemente es parte de un lento entendimiento de la forma en que se organizan los poderosos. Por eso la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA, de la cual el actual ministro de agricultura fue presidente) es más duradera que cualquier orden constitucional en Chile, agrupando a los rentistas de la tierra desde 1838. Desde que la renta del suelo urbano pasó a ser más importante que la del rural, la Cámara Chilena de la Construcción, fundada en 1951, pasó a agrupar a los rentistas inmobiliarios. Si a esto sumamos el claro predominio oligárquico de los medios de comunicación, y la relación de todo lo anterior con los partidos políticos conservadores ¿Alguien duda de que en Chile la organización del trabajo político electoral, comunicacional y en la sociedad civil es bien conocido por quienes concentran el poder, desde los comienzos de nuestra república?
La correlación de fuerzas se construye permanentemente desde estos distintos frentes. Inclinar la balanza a favor de uno u otro lado depende de ello. Si sumamos esto al hecho de que la política no es un camino con un “único final”, sino más parecido a tener pulmones y respirar constantemente para avanzar,  podemos entender la doble importancia de la organización. En democracia, la correlación de fuerzas de construye permanentemente: cuando hablamos de Democracia Participativa, estamos pensando en un modelo de Estado que integra la disputa electoral con la organización permanente de la sociedad civil. A esta última le entregamos más poder, damos sentido a su existencia como herramienta para cambiar la sociedad.
Un proyecto que se propone transformador debe ser capaz de organizar varios frentes, como lo hacía Recabarren, al mismo tiempo que imagina su propia Promoción Popular que otorgue sentido a la conquista del Estado. Se trata de pedales para hacer girar la rueda de la democracia hacia una sociedad mejor.
¿Cuál es el horizonte práctico de todo esto? Hoy hay fuerzas políticas emergentes en Chile, que deben pensar bien sus próximos pasos. Hay varias que parten con uno o dos diputados electos el 2013, tal como el primer parlamentario del Partido Demócrata en 1894, o lo mismo que los tres legisladores electos en 1953 que fueron parte del inicio de la Democracia Cristiana, que doce años después llegó a tener más de la mitad del parlamento. No hay atajos para construir un poder popular estable y sostenible. Un futuro promisorio implica comprender el esfuerzo que amerita cada espacio.
Siendo realistas, en una perspectiva de 8 a 12 años, valdría la pena pensar los pasos que se dan hoy, para una conquista del Estado que refuerce un tipo de sociedad que ya no sirve solo declarar desde la teoría, sino que hay que ir construyendo en la práctica. ¿En qué creen los hombres y mujeres prácticos con grandes ideales, los Recabarren de hoy? ¿Qué harán en la práctica, con lo que creen?