Columna | Diversidad Constituyente

Por Lester Espinoza, encargado de comunicaciones territorio Rancagua.

Desde la infancia las personas con discapacidad tenemos que vernos enfrentadas a un caos que no logramos entender. Nos preguntamos: “¿Por qué el camina y yo no, escucha o ve? ¿Por qué me veo tan distinto a él?”. Desde ahí nos vamos desarrollando y, poco a poco, vamos descubriendo que las dificultades no provienen del hecho de vivir con discapacidad, sino que la sociedad y nuestro entorno son quienes nos limitan.

Muchos de nosotros y nosotras tuvimos la suerte de contar con un instituto de rehabilitación privado, que nos entregó las herramientas que el sistema de salud pública aún no es capaz de otorgarnos, siendo la primera instancia en la que escuchamos que “nuestras necesidades son especiales”, cuando las reales necesidades se encuentran en los hospitales y en el trato de las y los profesionales que debiesen brindarnos una salud digna como a cualquier otro chileno o chilena.

Luego, durante nuestros primeros años de vida, son nuestros padres o cuidadores quienes deben lidiar con el flagelo de la discriminación en la búsqueda del primer colegio, donde escuchamos nuevamente que “nuestras necesidades son especiales”. Y es en ese momento, es donde nos damos cuenta que las reales necesidades se encuentran en el sistema educativo de nuestro país y no en nosotros y nosotras.

Y llega el día en el que debemos salir de nuestros hogares a competir con personas que tienen más armas que las personas que viven con discapacidad, porque a pesar de que nos brindaron una salud y una educación “especial”, ahora entendemos que la discapacidad proviene de factores ajenos.

Y una vez más, nos hacen sentido los recuerdos que tenemos de tantas personas que viven con discapacidad pidiendo limosnas en la calle, cuando nuevamente quedamos fuera de un sistema que nos asegura solo un 1% de posibilidades de encontrar un empleo, y la única solución que tenemos ya no es la limosna, sino convertirnos en el eje del comercio ambulante.

Son tantos factores que han relegado nuestras vidas a un vértice de este sistema, que ya no queremos más un Chile sin nosotros y nosotras, queremos que se escuchen las soluciones que hemos exigido históricamente, queremos presencia, ser escuchados y escuchadas para no tener que lidiar nunca más con la decepción de habitar una vivienda que no acoja nuestras necesidades y que no existan colegios especiales que hagan sentir a los niños y niñas que no son como los demás, cuando en realidad debemos aprender que todas y todos somos distintos y desde ahí debe surgir la nueva Constitución de nuestro país, donde se reconozca la diversidad, se reviva el eslogan de la inclusión y se atienda el derecho de asegurarnos un lugar en el proceso constituyente.