Editorial: a 100 días de Gobierno

Semanas después del triunfo presidencial de Sebastián Piñera en 2017, muchas y muchos comenzamos un proceso de reflexión y proyección acerca del escenario político nacional, el devenir del nuevo oficialismo y la oposición. Se avizoraba, entre otras cuestiones, la posibilidad cierta (por parte del nuevo mandatario) de apelar a la construcción de un Gobierno con impronta de “unidad nacional”, perfilada desde la componenda entre los partidos del Ejecutivo y las fuerzas tradicionales más conservadoras de la Ex-Nueva Mayoría. Otro de los elementos que se vislumbraba, ciertamente, era la posible incongruencia política entre las derechas pertenecientes al Gobierno y la coalición liderada, entre otras orgánicas partidarias, por la UDI, RN, y Evópoli.
A 100 días de que Sebastián Piñera asumiera la conducción nacional, es plausible reconocer las inconsistencias entre Congreso y Ejecutivo. La aparente apertura a “dialogar” y construir política pública (declarada por la figura Presidencial), en materias donde la bancada parlamentaria de Chile Vamos ha estado abierta y tajantemente en contra (Nueva Ley de Identidad de Género; aborto y rebaja a la dieta parlamentaria, entre otras), así como el montaje de mesas nacionales de trabajo que pretenden resolver problemáticas de carácter sistémico y multifactorial (migración, delincuencia y SENAME), pero duran entre 30 y 60 días, son fiel muestra de aquello. No obstante, hay una cuestión mucho más grave y que atenta contra la salud de nuestra democracia: Sebastián Piñera y su gabinete desean gobernar vía decreto, alterando acuerdos políticos y legislativos previamente establecidos (como el caso del protocolo de objeción de conciencia en la Ley de Aborto Tres Causales o la prohibición al lucro, en la Reforma a la Educación Superior).
El Gobierno que, incluso, antes de asumir su mandato nos situaba o rotulaba (a Revolución Democrática y al Frente Amplio), como una fuerza y/o dique de contención de carácter obstruccionista ante el debate y la concreción de X, Y o Z política pública, es el mismo que, a través de los hechos, demuestra operar de esa manera, utilizando las facultades normativas que le otorga el estado. Sin perjuicio de lo anterior, en estos primeros cien días cabe destacar la habilidad del Presidente para hacer suyas y/o “anestesiar” las demandas y reivindicaciones del movimiento social. Ahora bien, vale la pena señalar que esta capacidad del Ejecutivo se sitúa principal y exclusivamente dentro del eje de la “representación”. En palabras simples, es casi 100% de carácter comunicacional; no hay reforma sustantiva en vista en ningún ámbito de interés ciudadano. Esto revela que, por un lado, es una administración de continuidad (del modelo) y no de cambio, a la vez que funciona casi exclusivamente mediante las herramientas administrativas discrecionales del estado (incluidas las represivas) y no mediante las legislativas. En resumidas cuentas y hasta la fecha, no tiene proyecto político serio ni nada concreto que ofrecerle a Chile.
Algunas y algunos, desde el mismo 17 de diciembre de 2017 o apelando a lo que han significado estos primeros cien días, proyectan un inédito “fortalecimiento de la derecha” chilena. Yo pienso lo contrario, y me parece que quienes tienden a verla tan fortalecida normalmente son quienes comprenden la política sólo en términos comunicacionales y desde la inmediatez. Porque ese es el carácter de la hegemonía de la derecha hoy (más allá de su poder económico y político relativo): ser una plataforma comunicacional muy exitosa, estando lejos, muy lejos, de ser un proyecto serio, desde el punto de vista político y programático. Pero entonces, ¿qué es lo que sostiene o sostendría la proyección de Chile Vamos? Las múltiples derechas que componen el espectro, ¿reflejan un fortalecimiento del proyecto político de la coalición gobernante o, más bien, su tendencia al fraccionamiento? Bajo mi lectura (y, por cierto, mi interés), apostaría a lo último. En base a ello, contemplaría la posibilidad de que con el agotamiento del Gobierno (tras las inconsistencias, desavenencias y errores no forzados de este primer año y el venidero) las fuerzas centrífugas sean las que tomen notoriedad (léase Amplitud por el lado centrista; Acción Republicana de José Antonio Kast por el extremista y el liderazgo de Manuel José Ossandón por el ala populista), por un lado, desordenando e incomodando la gestión política del Presidente (sobre todo en materias de cambio estructural, como Salud, Pensiones y la agenda valórica) pero, por otra parte, abriendo una posibilidad de consolidación de una oposición férrea y contundente que enfrente (desde la fiscalización y la propuesta a vanguardia) cada una de las arremetidas propiciadas por el Ejecutivo.
Así las cosas y a poco andar de la nueva administración Piñera, subyace la posibilidad de visibilizar las contradicciones que fundan el núcleo de la centro-derecha chilena, permitiendo, por tanto, re-enfocar el desafío y oportunidad del Frente Amplio -como liderazgo desde la oposición- para ser capaz de orientar el sentir ciudadano hacia las necesidades de origen que reclama nuestro pueblo, dando un debate programático profundo que dispute el sentido común y enfrente, decididamente, al status quo propuesto por el Ejecutivo y a cada uno de los diques de contención que sostienen el neoliberalismo en Chile.
 

Andrés Dibán Dinamarca
Secretario Ejecutivo
Directiva Nacional
Revolución Democrática