El fin de las certidumbres

Compartimos la columna de Rodrigo Vargas, miembro activo de RD-Talca, sobre el voto voluntario como incentivo estructural

El pasado 28 de octubre vivimos unas elecciones municipales en un ambiente nacional de inusitada expectación. Éstas fueron las primeras bajo el sistema de inscripción automática y voto voluntario, lo que se conjugó con el ambiente de creciente fuerza de los movimientos sociales para producir una de las elecciones más importantes desde la recuperación del derecho a elegir autoridades en 1988. ¿Y qué pasó entonces?
En Talca, el alcalde Juan Castro fue reelecto, tras realizar una gestión reconocidamente buena en términos aseo, ornato y espacios de esparcimiento. Nuestra ciudad aún no parece poder esperar más de las autoridades públicas ni de los procesos eleccionarios. Como de costumbre, las calles se llenaron de eslóganes vacíos y, en una demostración patente del triste estado de nuestra vida política, el candidato principal ni siquiera se dignó asistir a un debate que, de todas formas, no fue de buen nivel. En breve, no hubo sorpresas; afortunadamente, no puede decirse lo mismo de otras comunas del país.
En Santiago Tohá venció a Zalaquet, frustrando su preparada aparición triunfal con Golborne en el balcón de la alcaldía. En Ñuñoa, tras una campaña de recursos mínimos, Maya Fernández, nieta de Salvador Allende, compite ahora en tribunales con Pedro Sabat, quien llegó a comparar las tomas de liceos con puteríos (la forma gravemente lesiva para la democracia en que se ha desarrollado el proceso electoral en esa comuna merece un análisis aparte). Éstas fueron las sorpresas más grandes, pero ocurrió un suceso quizás más importante aún: en Providencia cayó Labbé. El coronel que rehusó recoger la basura de la embajada de España cuando Pinochet fue detenido en Londres; que homenajeó a su colega torturador Miguel Krasnoff; y que cerró los liceos de Providencia para alumnos de otras comunas, cayó ante la primera representante en el poder formal de los movimientos ciudadanos: Josefa Errázuriz, quien tras ser contactada telefónicamente por Bachelet para recibir felicitaciones, simplemente respondió: “presidenta, la manera de hacer política en Chile cambió.” Así, dos mujeres ya hicieron caer a dos iconos de la intolerancia, el autoritarismo y la mano dura contra el movimiento estudiantil en la capital, y si el tercero logra quedarse habrá sido sólo a costa de una maniobra, basada en la debilidad de los tribunales electorales, que debiera producir más escándalo del que ha producido.
Ante este proceso de cambio verdadero, no puede ignorarse el rol posiblemente determinante del voto voluntario. Cuando varios analistas anhelan regresar al voto obligatorio, debe considerarse seriamente la posibilidad de que el voto voluntario sea un incentivo estructural para subir el nivel de nuestro debate público. En efecto, el gran derrotado en estas elecciones es el estilo cosista, patentado por Lavín, adoptado por Piñera y heredado por Golborne, de hacer política: un estilo que alimenta y se alimenta del desprestigio de la misma, socavando sistemáticamente cada esfuerzo por abordar los problemas de nosotros, la gente, en toda su complejidad. El alegre simplismo inmovilista y asistencial de la UDI popular no parece tener cabida en un sistema en que los desinteresados de la política no están obligados a votar. Las campañas sin contenidos dirigidas al votante apolítico no pagan, puesto que el votante apolítico es más un no-votante que otra cosa. Personajes de peso como Allamand así lo entendieron inmediatamente, haciendo llegar los aires de renovación al interior de la derecha también. Las consecuencias positivas que eso podría tener para el país son realmente importantes, si consideramos lo nocivo para nuestra institucionalidad, desde Barrancones hasta el fiscal Peña y el caso bombas pasando por los permanentes conflictos de interés, que ha resultado el actuar de la administración Piñera. Por cierto, cabe esperar que en un futuro próximo frases publicitarias sin sustento real como “piensa en grande” tampoco surtan mayor efecto en Talca.
Por otro lado, los niveles de abstención alcanzados no son excepcionales: democracias incuestionadas como Suiza y Japón presentan niveles similares. La ilegitimidad de una administración no es función de la abstención, sino de la totalidad del sistema que la ampara. Volver al voto obligatorio sería atacar un síntoma pero no la enfermedad. La recuperación de la salud de nuestra democracia no admite atajos, y el voto voluntario puede bien estar contribuyendo en la dirección correcta al dejar abierto el espacio para que emerja una alternativa creíble. La incertidumbre de los políticos tradicionales es certidumbre para los nuevos movimientos como Revolución Democrática. La cancha no está nivelada tampoco en política, pero la abstención evidencia un vacío tan lleno de peligros como de oportunidades. Que Chile emerja de esta coyuntura legítimo, democrático y preparado para el futuro depende de nosotros.