El “modelo” y la necesidad de cambio radical

Lee la columna de Nicolás Valenzuela, coordinador Congreso RD, publicada hoy en El Dínamo

Tengo 26 años, y me ha costado mucho entender la forma en que políticos “ochenteros” como Eugenio Tironi y Calos Dittborn discuten apasionadamente sobre “el modelo”. Hay una especie de sacralización de los engranajes definidos desde la economía política para administrar institucionalmente el Estado y los mercados chilenos. Su discusión refleja otras épocas, en las que efectivamente los debates políticos se basaban en sendas tesis ideológicas: los modelos. Primero dos caminos que chocaban en el Muro de Berlín. Después la tercera vía. Moscú, Washington, Londres. Esos eran los modelos.

Mi conclusión es que su discusión obedece más bien a complicadas claves que personas finalmente tan parecidas – ambos profundamente ligadas al capitalismo oligopólico chileno – necesitan levantar para poder diferenciarse y, supongo, actuar en alguno u otro sentido (diferencias tenues de dirección que ven ellos, pero no la ciudadanía).

Lo cierto es que el arreglo institucional chileno está afectado por crisis visibles y riesgos, especialmente en cuanto a la distribución del poder político y económico, y la sostenibilidad de su base productiva. En medio de esta situación, muchos chilenos y chilenas iniciamos nuestra experiencia de ingreso a la adultez en medio de hechos que han marcado nuestra relación con estas crisis y riesgos, y así también participamos de evidenciar que este arreglo institucional no sirve.

El 2006 fue nuestra primera forma de expresión de descontento, y aprendimos a confiar en nosotros mismos. El 2008 con la LGE los representantes políticos nos enseñaron a desconfiar de ellos, y con la bala que mató a Matías Catrileo por la espalda nos dejaron saber que su Estado estaba dispuesto a asesinarnos. Al final del 2008 muchos decidimos organizarnos en las universidades con mayor tradición de activismo estudiantil, y así nació un grupo amplio que accedió a la conducción de espacios como la FEUC, la FECH, la FEUSACH, la FEUTSM entre el 2009 y el 2011.

Ese año también quedó en evidencia que ser universidad pública no era garantía de democracia, como demostró el fracaso de la salida del decano Nahum en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. El 2010 ejercimos en forma intensa la solidaridad y los principios de ayuda mutua luego del 27F, al punto de que el primer mes los universitarios estuvimos más presentes que el Estado en las zonas afectadas.

Desde diciembre de 2008 hasta abril de 2011 en todo ese mundo nuevo de experiencias de organización se gestó gran parte del estudiantazo que el 28 de abril cumple un año mostrando capacidad histórica de convocar a las calles. Fuimos los mismos los que salimos a las calles después de la indignación por Hidroaysén. En ese tiempo se ha instalado una nueva cultura de lucha y organización, que nos mostró Punta Arenas, la hicimos crecer en todo chile, la ejemplificó Aysén, y hoy hace que vivamos en forma un poco distinta el ser chilenos y chilenas.

¿Qué tiene que ver esto con la discusión del modelo? Simplemente evidenciar que la historia no cambiará a menos que construyamos un camino hacia algo diferente.  Y eso se hace desde la organización y su expresión concreta. ¿Qué puede decirnos Eugenio Tironi sobre otro modelo? Mientras los consultores y políticos de derecha discutan las formas de interpretar las aspiraciones de los chilenos según sus “modelos”, no podemos olvidarnos de nuestra propia historia reciente, de los pasos que nos anteceden, de lo que ha ocurrido entre el 2006 y el 2012. Las culturas políticas no nacen de un artículo o algún iluminado, sino en experiencias de aprendizaje como la de los últimos 6 años.

Por último,  hay que entender que hoy en el mundo no hay ningún “modelo” válido, porque la mayoría tambalea. A menos que alguien quiera imitar a China, lo cierto es que las recetas occidentales evidencian crisis en EEUU y Europa, los referentes de los ochenteros. Después del 2008, la política no dio el ancho no solo en Chile, sino en todo el mundo, por distintas razones. Es nuestra generación la que es hija del supuesto consenso neoliberal, pero ya decidimos que queremos ser padres de otra cosa.

Igual que lo que ya hemos aprendido, debemos iniciar procesos de trabajo y aprendizaje, consolidar pero también exceder lo estudiantil, agitar, educarnos y organizar. Lo que estamos haciendo en Chile no es solo para nosotros, sino que también como parte de los aprendizajes de organización de toda nuestra generación en un espacio global que poco a poco va encontrando niveles de conciencia común.

Al igual que en la lucha por el espacio público que ya hemos ganado, la lucha por el espacio político requiere que nos pongamos a trabajar. Revolución Democrática es una de esos espacios de trabajo. Muchas personas sienten ansiedad y tienen muchas expectativas de cambio inmediato, pero el Poder lo estamos construyendo. El político, al menos, no lo tenemos y no nos lo regalarán. Los hechos son los que van construyendo el camino. Por ahora, decidimos ocupar la palabra revolución, porque es el concepto que mejor explica el cambio radical, que es lo que hoy necesitamos. Esa decisión marcará el trabajo que ya iniciamos, y que será una marcha larga.

Esta columna fue publicada en El Dínamo