Los aciertos y los pecados capitales del gobierno en Educación

Hace tres años, cuando asumió el Presidente Piñera, nadie podría haber predicho que la educación se volvería un tema tan gravitante en la agenda pública. El sociólogo Gonzalo Muñoz afirma que, legislando sobre la inesperada marea estudiantil, tanto lo bueno como lo malo de esta administración ha derivado, fundamentalmente, de una política de continuidad respecto de lo implementado por la Concertación, aunque con algunos “ajuste y sellos propios”. En un año marcado por las elecciones, el autor invita a evaluar lo hecho, lo mal hecho y lo pospuesto, en un área que debiese tener mucho peso en los debates que vienen.
Por Gonzalo Muñoz Stuardo
Como ha ocurrido en períodos presidenciales anteriores, es probable que el 2013 no sea un año con grandes novedades en materia educacional. Lo que no se ha hecho, difícilmente se alcanzará a hacer en los meses que quedan y el Ejecutivo se centrará en comunicar su legado en este año marcado por elecciones parlamentarias y presidenciales. La hora de la evaluación está llegando. ¿Qué puede decirse sintéticamente respecto al gobierno de Piñera en educación?
Primero, que se trata fundamentalmente de un período de continuidad y profundización de una política educacional. No hay grandes reformas, en parte porque el diseño macro del sistema no molesta a quienes hoy gobiernan (según muchos, un sistema educativo más a la derecha que éste, es imposible); y en parte también porque algunas de las políticas que se venían implementando anteriormente mostraban ir en una dirección acertada (como la Subvención Escolar Preferencial, por ejemplo). Esto último suena contradictorio, pero es lo que muestra la evidencia. La mejora acotada pero sistemática en algunas mediciones estandarizadas -cuyas limitaciones son conocidas, pero que informan sobre dimensiones clave del aprendizaje de los estudiantes- confirman que en las políticas educativas de los últimos años no hay puramente errores, sino también aciertos, siempre dentro de un modelo que en su esencia no se ha modificado.
Lo segundo que puede afirmarse del período es que la continuidad ha sido complementada y vestida con un sello propio, a través de la implementación de varias iniciativas que configuran lo que podrá definirse como el legado de Piñera en educación.
Un análisis serio de ese legado supone distinguir al menos tres niveles o tipos de políticas. Primero, nobleza obliga, aquellas que representan claramente un paso positivo. Segundo, aquellas que todavía son de resultado incierto (aunque a muchos les cueste entenderlo, los procesos educativos son siempre de largo alcance y de impacto lento) y, finalmente, aquellas que claramente representan un error u omisión grave para el destino de nuestra educación en los próximos años.
Uno de los pasos importantes y positivos que dio el gobierno de Piñera en educación fue mantener la tendencia de aumento de los recursos invertidos en la educación escolar y superior (lo que ha permitido, por ejemplo, mejorar sustantivamente la subvención para la educación parvularia). Otro fue apostar de manera inédita por fortalecer la dirección escolar, con un claro progreso en las políticas dirigidas a los directivos escolares. La ley 20.501 y la creación de un programa especial para formar a estos actores no puede sino celebrarse. Lo mismo la reforma al Estatuto Docente y la creación de condiciones para una mejor jubilación y retiro de un número importante de profesores. El énfasis puesto –todavía limitado por cierto– en la revalorización de la función docente a través de la Beca Vocación de Profesor, junto con la prioridad que se le ha dado a la creación de estándares que orienten la formación docente, son también buenas noticias. Finalmente, y a pesar de que en este ámbito el programa de gobierno era menos ambicioso y que en su priorización incidió directamente el movimiento estudiantil, el salto en cobertura de becas y la reforma del sistema de créditos en educación superior son también avances favorables. Ninguno de estos cambios, como ya se dijo, representan grandes innovaciones ni bruscos golpes de timón, sin embargo, son avances incuestionables.
La administración Piñera ha ejecutado y priorizado también otras políticas educacionales cuyo resultado depende mucho de una buena implementación. El aumento explosivo de las mediciones estandarizadas y algunos instrumentos asociados (como las cartillas para las familias) ha sido una prioridad en este período, pero habrá que poner la atención en sus efectos deseados y no deseados en el mediano y largo plazo.
También es una pregunta abierta lo que ocurrirá con la implementación del nuevo currículum que el gobierno ha definido. Es conocida la dificultad de introducir cambios de esta magnitud y son públicos también los reparos a los ajustes curriculares que se han aprobado. Esta reforma –con sus aciertos y problemas– será probablemente uno de los principales legados de la administración educacional de Piñera, aún cuando no aparece en ninguna de las versiones de su programa de gobierno.
En tercer lugar, en los próximos años podrán evaluarse con más claridad los efectos (deseados y no deseados) de la instalación de una nueva institucionalidad educativa, donde resaltan la creación y puesta en marcha de un nuevo Consejo Nacional de Educación, de la Superintendencia de Educación Escolar y de la Agencia de Calidad de la Educación. En este caso el gobierno –me consta pues participo directamente en el Consejo Directivo de la Agencia de Calidad de la Educación– ha hecho un esfuerzo importante por echar a andar este complejo nuevo entramado institucional, pero será en la implementación fina (desde este 2013 en adelante) y en la relación concreta con los establecimientos y sostenedores donde se jugará finalmente su éxito.
Por último, estos tres años han estado también marcados por la omisión, débil tratamiento o incluso retroceso en algunas áreas que en opinión de muchos son clave para mejorar la calidad y sobre todo la equidad de la educación chilena. He elegido entonces los que a mi juicio son siete pecados centrales de estos tres años, contracara de los avances y prioridades detalladas más arriba.
-Lucro. Este tema ha sido una piedra en el zapato desde el comienzo del gobierno, con un costo alto para su gestión política en educación. A pesar del mayoritario apoyo ciudadano a la demanda por el fin del lucro con recursos públicos, no hubo en este período pasos importantes (más allá de la presentación de un proyecto de ley para crear una Superintendencia de Educación Superior).
-Educación Pública. El gobierno envió al parlamento un proyecto de desmunicipalización que hasta el mismo oficialismo criticó, debido a que no involucraba una propuesta de financiamiento, entre otras debilidades. La educación pública no ha sido foco de preocupación (a pesar de su estado agónico). Más en general, este gobierno ha dejado una importante deuda con los sostenedores (públicos y privados), actor secundario en la mayoría de las políticas del período.
-Carrera docente. La promesa del programa de Piñera era clara: crearemos una nueva carrera docente que apoye a los profesores en su tarea de mejorar los aprendizajes y la formación de sus alumnos. El proyecto de ley que se envió al parlamento en 2012 ha recibido más críticas que elogios, por lo que seguro quedará una deuda importante en este período en este plano. Es evidente que mejorar las becas para los estudiantes de pedagogía es solo un primer paso, que debe enriquecerse y articularse con la creación de una carrera atractiva y mejor remunerada, y con una preocupación mucho mayor por lo que ocurre en la formación inicial de los futuros profesores (pueden revisarse algunas críticas a este proyecto de carrera docente aquí).
-Educación Técnico Profesional. Sobre todo a nivel secundario, todavía no se escucha una estrategia clara para abordar esta modalidad (más allá de mejorar la vinculación con el mundo privado o fortalecer la infraestructura y equipamiento), que atiende a la gran mayoría de estudiantes que provienen de contextos desaventajados. Esta deuda, que para ser justos arrastra ya varios años y gobiernos, no resiste mucho más tiempo sin un abordaje de política serio e integral.
-Equidad e integración social. Este es, de manera esperable, uno de los puntos más débiles del gobierno de Piñera en educación. En el programa de gobierno se evitaba cualquier promesa respecto a reducir la segregación o atacar las inequidades del sistema (la palabra equidad, de hecho, casi no aparece). Sin embargo, durante el período se propusieron medidas que justamente van en la dirección contraria, como la creación de liceos selectivos de excelencia, de una subvención para la clase media (Link: http://ciperchile.cl/2013/01/18/subvencion-para-la-clase-media-un-retroceso-para-la-calidad-y-equidad-de-la-educacion/) y de un crédito tributario que en su versión inicial fortalecía el financiamiento compartido (la más inequitativa y segregadora de las políticas educacionales).
-Programas de mejoramiento de la calidad. En este ámbito hubo un retroceso importante, pues se inició una ola de programas altamente centralizados, prescriptivos y estandarizados (como el Plan de Apoyo Compartido) en un país donde tratamos de avanzar hacia una mayor autonomía de los establecimientos y sus sostenedores y hacia una política de apoyo que debiera ponerse a disposición de estos actores para potenciar sus capacidades de manera sustentable.
-Institucionalidad educación superior. En este plano la crisis ha sido evidente (la CNA y la Universidad del Mar son sólo la punta del iceberg), por lo que urge un nuevo marco normativo que derogue la actual LOCE, que sigue rigiendo en este nivel educativo, y la creación de una institucionalidad que vele y tienda a asegurar de manera efectiva la calidad de la educación superior (reformando, además, su hoy cuestionado sistema de ingreso). En esto, los avances en el período son modestos para los cambios que se requieren.
Probablemente, para mucho lectores no sea una gran sorpresa la afirmación de que estos son los temas débiles o mal tratados en el gobierno de Piñera en educación. Representan el costo de un legado que, como ya dijimos, se concentra en continuar y consolidar un modelo educacional en el cual se confía, con algunos ajustes y sellos propios, lo que necesariamente implica dejar temas en un segundo plano o simplemente fuera. Lo central es que estos ámbitos hasta ahora pendientes coinciden con una agenda clave para los próximos años en la educación chilena y que será ineludible para la discusión política sobre educación este 2013, de cara a las elecciones parlamentarias y presidenciales. Nuestro país requiere en cada una de estas áreas reformas importantes que han sido postergadas y que son críticas para entregar oportunidades educacionales equivalentes y de calidad para todos. Llegó el momento de abordarlas en serio.
Publicado en: ciperchile.cl