Miradas sobre Latinoamérica en Foro de Sao Paulo

3 agosto, 2017 - 11 minutos de lectura

Andrés Dibán y Daniela Sepúlveda

Entre el 15 y 20 de julio se realizó en Managua, Nicaragua, el XXIII Encuentro del Foro de Sao Paulo[1], en el contexto de una coyuntura decisiva para la izquierda latinoamericana. En esta columna buscamos plasmar nuestras impresiones sobre este importante evento, a objeto de contribuir a nuestra militancia con herramientas de discusión y reflexión de las cuestiones internacionales más importantes para el proceso frenteamplista chileno.

 

En 1989 cayó el muro de Berlín. Con él cayeron los sueños de una izquierda histórica que, durante el siglo XX, luchó por construir e instaurar un modelo social, político, cultural y económico desde el socialismo. La URSS fue el referente que encabezó este proceso y que vio truncado su anhelo socialista hacia fines de la década de los noventa. El mundo apreció cómo es que una construcción de sentido común, de proyecto y de lucha de casi 80 años, transitaba hacia una apertura y profundización del modelo neoliberal y de libre mercado, en distintos puntos del orbe.

 

En América Latina y El Caribe se desataba una crisis de las democracias locales y, por otro lado, el fin de los procesos dictatoriales de la derecha de la región. Ante esta coyuntura, las fuerzas progresistas se levantaron electoralmente para generar una plataforma y sostén ideológico, político y programático de esa izquierda socialista que se estaba derrumbando en Europa del Este. Desde esta premisa, con la colaboración de grandes líderes y el empuje de los partidos históricos de la izquierda de la zona, se fundó el Foro de Sao Paulo (FSP) en 1990 en Brasil, gracias a la organización estelar del Partido de los Trabajadores.

 

Desde entonces el FSP ha jugado distintos roles. La mayoría de ellos, vinculados a realzar el éxito de los pocos proyectos de izquierda progresistas que han logrado trascender más de un período de gobierno. No obstante, es importante reconocer que el FSP ha sido capaz de seguir, observar y contribuir a proyectos insignes de los noventa e inicios de este siglo. Lamentablemente, con el curso de los años su impacto mediático, e incluso político, ha disminuido con fuerza gracias a una atomización de la izquierda que a ratos no permite manifestaciones alternativas.

 

Es por ello que la misión del equipo que representó a Revolución Democrática concurrió a Managua, convencido de que la construcción de integración, equidad, libertad, democracia, progresismo y republicanismo pasa también por comprendernos insertos en una región latinoamericana de peculiares y diversas características y desafíos, frente a los cuales debemos tener una posición de construcción comunitaria, basada en la fraternidad y el respeto entre los distintos pueblos y naciones.

 

Es así como a través de los distintos grupos y encuentros bilaterales que sostuvimos, buscamos abrir un espacio de reflexión y acción acerca del rumbo de la política económica internacional del Estado chileno. Este aspecto se encuentra íntimamente ligado a la clase de modelo de desarrollo que adoptará nuestra sociedad en los años venideros. En la medida en que la apertura comercial no derive de un proceso de definición de las directrices económicas que puedan conducir a Chile en la senda de un desarrollo sostenible, la tendencia extractiva actual de un país exportador de materias primas se mantendrá y agudizará, tornando aún más difícil la consecución de los objetivos sociales que RD y el Frente Amplio propone para Chile en las décadas siguientes.

Todo esto también pasa por cuestionar nuestro propio relacionamiento con los países vecinos, el que no ha sido el más óptimo a juzgar por el reciente estado de convivencia diplomática. Sin embargo, consideramos importante destacar y aplaudir la senda de relaciones bilaterales que hemos desarrollado con nuestra hermana República de Argentina, con quien hemos transitado desde el conflicto hacia la cooperación asociativa en cortos 30 años. Este cambio cualitativo en las relaciones bilaterales constituye un patrimonio que debemos exportar con orgullo, propendiendo a su profundización.

 

Actualmente la región suramericana vive una fuerte crisis político-social que, como en ningún otro periodo, entre los años 2015 y 2017 ha evidenciado explosiones de corrupción política que se han traducido en la caída de regímenes de apoyo para legitimar las reformas comprometidas en períodos de campaña: Argentina, Chile, Brasil, Ecuador, Perú y Venezuela han visto al desnudo a unas instituciones políticas, legislativas y judiciales porosas ante la corrupción y sin la necesaria probidad y ética públicas. Si bien esto no nos permite hablar de “crisis institucional” propiamente tal (preferimos abordar la nomenclatura “crisis de legitimidad y de representación”), sí se han establecido los primeros elementos para hablar de una dislocación entre las instituciones y la ciudadanía. En todo este plano, se observa a Chile como un país observador, preocupado principalmente de mantener las buenas relaciones económicas en desmedro de las buenas relaciones diplomáticas, sociales y políticas. Lo anterior, nos ha obligado a abandonar proyectos clave para nuestro futuro, como las agendas de desigualdad, derechos, equidad, medioambiente, probidad, pobreza o inclusión.

 

Estos elementos existen también en otros países, razón por la cual el FSP de este año buscó generar instancias de discusión temáticas, con el objetivo de reflexionar y debatir sobre agendas pendientes y hasta cierto punto abandonadas por la izquierda.

 

En este marco, una de las principales coincidencias que podemos destacar, es que la regulación del sistema económico debe estar orientada hacia una producción y desarrollo sostenible y responsable con nuestro entorno. En este sentido, no concebimos a nuestro planeta como una zona contenedora de recursos, sino como un hogar en peligro por la explotación indiscriminada del ser humano sobre la tierra. En su mayoría, los países –incluso los mayores contaminantes- reconocen la crisis y la necesidad de actuar. Sin embargo, no ofrecen soluciones que anuncien alteraciones significativas al modelo de “progreso”, crecimiento y desarrollo que ha deteriorado nuestro hogar colectivo. La eficiencia energética, la generación de energía sustentable y la promoción de una responsabilidad ciudadana y humana constituyen los pilares de los cambios que debemos construir por el bien de las futuras generaciones el planeta.

 

Finalmente, no podemos dejar de hacer mención a los grandes protagonistas temáticos del FSP de este año: la situación interna en Venezuela y del ex presidente Inácio Lula da Silva de Brasil. A pesar del gran esfuerzo del Partido de los Trabajadores por establecer en las declaraciones oficiales una defensa cerrada al ex mandatario, el ánimo que se observó entre los participantes y delegados del Foro es que la izquierda progresista no puede hacer defensas corporativas ante tan graves acusaciones. Respecto a la situación de Venezuela se vivió el mismo ánimo de discrepancia, pues mientras algunas delegaciones apoyaban cerradamente el proceso constituyente, otras manifestaron su preocupación ante la vulneración de derechos civiles, políticos y sociales que el gobierno del Presidente Maduro ha profundizado en los últimos meses.

 

En este sentido, consideramos imperativo que un Estado bajo un ordenamiento democrático deba hacer todo a su alcance para promover y asegurar la no violación de los derechos humanos de la ciudadanía que alberga. Desde Revolución Democrática creemos que tanto las transformaciones que Chile necesita como los propios orígenes de nuestro partido, tienen relación con nuestra preocupación común por las diversas vulneraciones a los derechos humanos que vemos día a día en nuestro país y en todo el mundo. Por tanto, el anhelo de justicia, paz y prosperidad que une a nuestros militantes, nos obliga a concebir el respeto y la protección de estos derechos como un principio rector de las acciones que se llevan a cabo desde esta plataforma.

[1] Al evento concurrieron cerca de 350 personas (entre delegados e integrantes plenos del Grupo de Trabajo), de 22 países de América (correspondiente a 118 partidos políticos y movimientos sociales), 6 observadores de países europeos y 3 observadores de países asiáticos.

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