No me digas que es sólo un loco disparando

No, no me digas que es sólo un loco disparando. No quieras hacer como si la violencia existiera, pero nada más por goteo. Menos me digas que “todo bien, pero la palabra fascismo es como mucho”. Les dispararon al cuello y al pecho a dos chiquillos que intentaban poner en una fachada un lienzo por una educación gratuita. Le dijeron antes de que disparara “estamos luchando por la educación de tus hijos”.
No me digas que es un problema aislado, cuando algunos no tienen pudor para escribir que Exequiel y Diego están bien muertos, porque eso es los que merecen quienes pegan sus consignas en las murallas de otros. No se te ocurra decir que los medios nada tienen que ver, porque yo sí me acuerdo de cuando los noticieros hablaban de movilizaciones estudiantiles usando como ícono un encapuchado con una molotov. Y me acuerdo de cuando la derecha los trató de “inútiles y subversivos”. La criminalización provoca crímenes. Y el fascismo también se puede ejecutar en 140 caracteres.
Duele la guata ver a ese Chile enfermo por la propiedad privada, incapaz de priorizar con humanidad. Duele el desprecio por lo fundamental. Es que, tristemente, cuesta tan poco que vuelva a reflotar ese espanto de la retórica pinochetista “no eran blancas palomas”. Es que estamos tan dañados aún por esa instalación -también a balazos- del neoliberalismo.
Me tranquiliza un poco cuando nos juntamos en Plaza Italia y banderas de distintos colores acompañan a las banderas rojas y encoliguadas de los jotosos y jotosas. Con mi bandera verde, comulgo con Camila Vallejo cuando se le quiebra la voz en la amplificación improvisada. Tiene tanta razón cuando dice que éste fue otro crimen de odio en nuestra historia. No es difícil entender el dolor de Camila, ni el llanto de la Marti sobre su camisa amaranto, ni la pena de las mamás comunistas de mis amigos que llegan con sus chapitas de la AFEP y una vela en la mano. Los comunistas han cargado tantas veces los cuerpos de los suyos. Tantas veces se han quedado esperando encontrar esos cuerpos. Da pena. Vienen unas ganas de gritar un gigantesco y desgarrado: por qué chucha. De salir corriendo a abrazar a esos papás y a esas mamás que se harán pedazos otra vez cuando les cobren la mensualidad universitaria de esos hijos que les asesinaron mientras demandaban gratuidad.
Pablo Paredes, ex Coordinador Nacional de Revolución Democrática
Columna publicada en The Clinic online el 16 de mayo.