Patriotismo Constitucional, una vía chilena al futuro

Septiembre es nuestro mes/resumen, el dolor del pasado que hemos sido y la alegría por la pertenencia que sentimos y que pese a todo el llanto y el sufrimiento, nos une, indefectiblemente, con todos los demás, los propios y los otros. Ese sentimiento vago que llamamos País y que, al final del día es nuestra mínima certeza común de ser todos de alguna parte, de una misma parte.

“Alguna forma de patriotismo –la solidaridad con los
conciudadanos y las esperanzas compartidas por el futuro del
país– es necesaria si uno ha de tomarse la política seriamente”.
Richard Rorty.

Septiembre, qué mes. Los 40 años del Golpe de Pinochet y sus cómplices -pasivos y los otros-, y el honroso lugar que la historia está dando a las víctimas y a los familiares de la represión ejercida por el Estado, dieron paso al 18, nuestro mini carnaval. Septiembre es nuestro mes/resumen, el dolor del pasado que hemos sido y la alegría por la pertenencia que sentimos y que pese a todo el llanto y el sufrimiento, nos une, indefectiblemente, con todos los demás, los propios y los otros. Ese sentimiento vago que llamamos País y que, al final del día es nuestra mínima certeza común de ser todos de alguna parte, de una misma parte. Esa certeza que llamamos patriotismo, que si se exagera criticamos como patrioterismo y que si cae en ridiculeces y belicosidades calificamos de chauvinismo.

Como nuestras dos cuecas, la chora y la de salón, hay también dos patriotismos. Hay un patriotismo oficial, escolar, de libro de texto y catequesis nacional y otro popular, emergente, sincrético, oral. El primero termina en la celebración de la “Gran Parada Militar en honor a las Glorias del Ejército” y el segundo en el dieciocho chico. El primero celebra los 200 años de historia de nuestra élite, sus aventuras y desventuras, belicosidades e injusticias de manera lineal y con explicaciones unívocas sobre las razones que anteceden a casi todo lo que nos ha pasado. El segundo va construyendo y reconstruyendo una imagen de nosotros mismos y de los actores no oficiales de estos 200 años de historia patria. El patriotismo de los don nadie. Un discurso escasamente articulado. Una suma de prácticas.

En cada una de las dos tradiciones hay buenos y malos, santos y diablos. Además hay tantas expresiones de ambas versiones como zonas tiene Chile; es distinto el patriotismo del norte, el del centro, el del sur y el de la zona austral. Para qué decir cómo lo sentirán los otros pueblos de Chile como los mapuches, rapa nuis, aymaras, y el largo e invisible etcétera en el que hemos escondido a los indígenas de nuestra propia identidad por tanto tiempo.

El primer patriotismo forja instituciones-mito como “la democracia más estable de américa latina”, “los ingleses de sudamérica”, “el segundo lugar en el concurso de himnos, tras la marsellesa” y todo lo que está en la cultura oficial devenida hoy en ese invento de municipalidad con plata que se llama “Chilenidad”. El segundo forja experiencia, memoria y cultura a contrapelo de la historia oficial, baila más cumbia que cueca, toma terremoto y no chicha, es más urbano que rural en su imaginario. También se ha oficializado en el concepto síntesis de “Huachaca”. Ambos, azuzados por la demanda consumista del carnaval dieciochero, tienen sendos stands de comida, bebida y consumo de tradiciones que ya nadie practica el resto del año.

Ambos patriotismos, el de la “chilenidad” y el “huachaca” son dos relatos sobre nuestro pasado, son nuestros viejos patriotismos. Es hora de pensar en un relato para el patriotismo del futuro. Una nueva vía chilena al futuro, de la cual nos sintamos orgullosos.

Si, como plantea Rorty en el epígrafe, nos queremos tomar la política en serio, necesitamos un nuevo patriotismo que mire al futuro a partir, y no a pesar, de nuestro pasado. Que hable de nuestros sueños y de la forma en que queremos vivir juntos, sin seguir reproduciendo el abismo de desigualdades que heredamos. De cómo procesar nuestras desavenencias democráticamente y forjar un nuevo compromiso-contrato del vivir juntos, del de nuestros hijos y nietos. Esto no es algo donde la izquierda gane; ganan las mayorías, ganan los que son capaces de representar a los que no tienen más que el voto para apostar por el futuro, los desposeídos, los ninguneados, los que no se benefician del actual orden de cosas.La inmensa mayoría de chilenas y chilenos.

Si queremos un mejor futuro hay que sentarse a diseñarlo. Hay que pelear los puntos y ser capaces de construir proyectos de país, no sólo “instituciones que funcionen”. Hay que volver a soñar con un País para Todas y Todos y no sólo con la administración de lo existente. Este debate y deliberación colectiva tiene una expresión institucional concreta en toda sociedad, que se llama Constitución Política de la República. Ese patriotismo del futuro debe descansar en la defensa de un orden político y social construido entre todos, democráticamente. Es un patriotismo constitucional así como lo sugirió Sternberger en 1979 y profundizó Habermas en 1989, al pensar un “algo” común para la Alemania que se reunificaba tras la caída del muro de Berlín y la oprobiosa experiencia del nazismo. En la práctica, la única promesa que Alemania Federal podía hacer era la de tratar a los alemanes del Este como iguales y hacer respetar sus derechos como iguales, porque la Constitución Alemana (Ley Fundamental de 1949) así lo imponía. Igualdad; nada más pero nada menos.

Este nuevo  patriotismo no descansa en las tradiciones del pasado común -no es nacionalista- sino en las creencia de los ciudadanos en un orden democráticamente construido donde puedan expresarse las legítimas diferencias, como Habermas planteaba en 1991:  ”Para nosotros, ciudadanos de la República Federal, el patriotismo de la Constitución significa, entre otras cosas, el orgullo de haber logrado superar duraderamente el fascismo, establecer un Estado de derecho y anclar éste en una cultura política, que, pese a todo, es más o menos liberal”. Es universalista, no particularista. Busca la adopción de convicciones democráticas, no la preservación de mitos heredados -impuestos siempre por los vencedores de pugnas pasadas.

Un nuevo patriotismo de esta clase para Chile y su futuro supondría, en la práctica, un momento para deliberar colectivamente respecto a las normas de las cuales nosotros y las generaciones futuras sentiremos orgullo de habernos dado, proceso nunca realizado en nuestros 200 años de vida independiente. Superar el orden institucional de la Dictadura con el concurso de todos; volver a ser soberanos al repensar nuestras reglas sobre el vivir juntos, y abrir un nuevo ciclo de desarrollo social y político para el país que tan adentro sentimos. Una vía Chilena a una democracia plena.

Por eso estoy por una Asamblea Constituyente, entendida no como un despelote, como algunos han querido mostrarla, sino como un proceso acotado en el tiempo, con representantes electos exclusivamente para ese propósito, con un mandato claro y con acceso a equipos asesores expertos y experiencias internacionales del más amplio color político. Con encuentros regionales por todo el país, debatiendo y construyendo esa idea de futuro común y de las reglas que son necesarias para  alcanzarlo. Con una redacción acordada tras ese proceso de debate y deliberación colectiva, de creación conjunta y finalmente sancionada por las y los ciudadanos en un plebiscito. No es un conjunto de reformas, es un rediseño total.

Estoy por una Asamblea Constituyente porque para abrir un nuevo ciclo histórico el proceso sí importa, tanto como el resultado. Porque para que sintamos como propias las normas que nos dimos no podemos sacarle el bulto a la ilegitimidad de la constitución del 80, reformada y vuelta a reformar, pero que aún nos divide y no nos identifica; y porque los representantes del actual Congreso, y los que sigan eligiéndose con los cerrojos diseñados por Jaime Guzmán, estarán teñidos de esa ilegitimidad.

Estoy por una Asamblea Constituyente porque creo que es la más patriótica de nuestras empresas como generación que emerge a la política desde la izquierda democrática. Así como la generación anterior nos heredó el testimonio de la lucha contra la dictadura; y, si bien no pudo o no supo hacer más transformaciones sobre su legado, sí nos dejó un país donde podemos soñarlas y construirlas y luchar por ellas, sin perder la vida por las convicciones.

También sé que no es algo que obtendremos de la noche a la mañana, y no podemos imponérsela a los demás. Porque requerimos convencernos a nosotros mismos y salir a convencer a los demás. Porque tenemos que ser una gran mayoría de chilenas y chilenos los que estemos responsablemente comprometidos con los cambios y con el proceso de dar a luz una Constitución plenamente democrática. No podemos seguir exigiéndola a la generación anterior sin dar muestras claras de querer ser parte del camino de construcción de sus condiciones de posibilidad, que hoy, hay que reconocerlo, son bajas. Hay que trabajar intensamente por realizar un proceso amplio de persuasión, centrado en la idea de que, sin una Constitución plenamente democrática, los esfuerzos de cambio no serán en los hechos más que administrar el orden dictatorial de Pinochet y sus cómplices, regatear en su nefasta herencia. Necesitamos esa ruptura, esa revolución. Tenemos que mostrar que podemos hacerla en paz y en democracia, desde nuevas mayorías que comiencen a forjarse en torno a este proyecto patriótico: el de un nuevo orden constitucional plenamente democrático para Chile.

Si eso no nos moviliza, no estamos tomándonos en serio la política como acción transformadora, y podremos seguir consumiendo año tras año, septiembre tras septiembre, en el stand de su preferencia, ya sea “Chilenidad” o “Cultura Huachaca”; y votar cada cuatro años, o no votar, o marcar nulo, o comprar ofertones de última hora, personalismos, liquidaciones y saldos de trasnoche.

Yo perdí el miedo de construir un País para Todos en serio. En noviembre ,junto a mis preferencias electorales, Marcaré mi Voto con AC porque quiero que más temprano que tarde abramos las grandes alamedas y construyamos un país mejor.

Sebastián Depolo
Secretario General de Revolución Democrática

Fuente: www.eldinamo.cl