¿Pragmatismo Popular o populismo de centro?

Por Tomás Leighton, militante de la Base U Chile y Consejero FECh. 

El valor de A Toda Marcha es su invitación al diálogo entre los proyectos que conviven en el Frente Amplio, pero también nos tensiona como Revolución Democrática para elegir caminos. Así, el éxito del Festival se medirá en la posibilidad de que se construyan posiciones diversas pero complementarias hacia el Congreso Estratégico, mientras que como Partido el éxito se juega en la posibilidad de tener una táctica unitaria hacia el 2019-2020.

Esta columna busca problematizar la idea de Pragmatismo Popular planteada por Miguel Crispi en su columna “A toda marcha” y, de alguna forma, secundada por Sebastián Depolo en el Festival. Como son apariciones recientes y aún poco sistemáticas creo que corresponde plantearles más preguntas que respuestas.

En primer lugar, Crispi responde ante una necesidad indiscutible, que las izquierdas demos certezas ahí donde la derecha logra sostener su hegemonía. Respecto a esto creo que es acertado priorizar un discurso hacia “la clase media, a las regiones, a los cristianos, a las familias, a los jóvenes, y a los emprendedores”. A su vez, concuerdo con que hay que concentrarnos en hablarle al país en vez de afirmar nuestra propia identidad.

Sin embargo, en segundo lugar sostiene que para vencer el peligro del fascismo habría que erigirse en contra del “populismo mediático de la cuña fácil” y hacer “una política de buena factura, que no arrastre las culpas y cadenas del siglo XX”. Todo para hacerse cargo de una “ciudadanía cansada del ofertón político.”

Ya no nos serviría la estrategia que nos llevó al éxito electoral, la estrategia populista de izquierda, que permitió a mucha gente soñar con un cambio para escapar de las políticas neoliberales. En su lugar, para enfrentar a la derecha habría que dejar de mostrarnos disruptivos en los medios, porque es populista, para vernos más posibles.

Ante esto me pregunto, ¿diferenciarse de lo populista, como lo mal facturado y lo no confiable, no es más bien un posicionamiento populista de centro– como planteó Samuel Mazzolini, refiriéndose a proyectos tecnocráticos como Macron-?

Por su parte, Depolo planteó que en Chile la izquierda liberal logra hacer mucho sentido a la gente dada la fuerte hegemonía neoliberal en la que vivimos. Me parece que acá se desprende que el Frente Amplio para ganar debería transitar hacia verse como confiable para la gente, mediante la gobernabilidad y la disposición a acuerdos. Esa hegemonía neoliberal nos obliga a mostrar nuestras credenciales de adecuación a lo normal, a lo responsable, para ejercer el poder. Como dijo Depolo, deberíamos construir el “nosotros” en atención a una limitación constante: “Chilezuela”, la campaña del terror de la derecha ante las posibilidades de que gobernemos. Y la forma de enfrentar la restauración conservadora se debería desplazar desde aquel discurso impugnador de Beatriz Sánchez como lo diferente, lo nuevo, lo que rompe con la política transicional, hacia un discurso de estadista, para mostrar estabilidad- que es el ethos de las fuerzas políticas de la transición-.

Ante su diagnóstico hay dos preguntas. Primero, ¿cómo se explica entonces el derrumbe de buena parte del apoyo electoral hacia sectores de la Concertación y el candidato Guillier y la emergencia del FA? Y si hoy el escenario es diferente, ¿qué fue eso que cambió para que la gente se incline por la precariedad de lo viejo en vez de la vigorosidad de lo nuevo?

Su nueva propuesta puede avanzar a contrapelo, o bien re-elaborarse. En cualquier caso, los cuestionamientos para re-elaborar o tomar otros caminos no deben ser moralizantes. Tanto porque acá se juegan proyectos políticos y no estaturas de revolucionariedad, como porque para mi la Concertación sí representó- y representa- un cierto proyecto de cambio que, querámoslo o no, tuvo éxito (e insistir en alguna de sus lógicas no es un pecado). Pero en el intento de lo segundo, quiero cuestionar el fondo y la eficacia de esta táctica. De fondo, me parece que somete toda la política posible, y sus anhelos, a un estrecho marco de posibilidades donde es obligación homogeneizar tu identidad a la de las fuerzas existentes. En cuanto a la eficacia me parece que no tiene asidero. Es cierto, Chile no vive una crisis económica y la emergencia del fascismo está menos latente que en Brasil, pero eso no puede conducirnos a ignorar los resultados de Kast el 2017 (casi el 8%). Debemos lograr que la gente nos imagine en el Gobierno, pero viene quedando claro que enfrentar a la derecha emergente desde las lógicas de la vieja socialdemocracia es un fracaso.