RECUPERAR LA VICTORIA DEL SENTIDO COMÚN

El escenario político se mueve rápidamente. No espera a nadie. Por esto, se hace necesario ir adaptando las definiciones para que los proyectos lleguen a buen puerto y sin alejarse de la ciudadanía.Así, hoy más que nunca es fundamental que la política pueda crear fuerza transformadora.
Debemos rescatar la política de la trampa del eslogan. Conceptos como “calidad” y “libertad” han sido totalmente secuestrados por la Derecha y los sectores más conservadores de la propia Nueva Mayoría, con la pretensión evidente y nefasta de perpetuar una discusión basada en conceptos vacíos, y de volverlos en contra de la Reforma con que el gobierno busca cristalizar las demandas expresadas por una inmensa mayoría. Urge volver a llenar de contenido esas dos palabras. Debemos ser capaces de hacerlas propias y relevarlas en cuanto a su vinculación sistémica con el desarrollo de la Educación en Chile.
La Reforma se desenvuelve no tan sólo en la construcción técnica (y a veces tecnócrata), sino también desde un punto de vista sociocultural. En este sentido, quizá no es siquiera “la madre de las batallas” que estamos librando desde el movimiento estudiantil y los movimientos sociales en general, pues -en tanto sistema o modo de producción de conocimiento- será funcional al modelo económico y de desarrollo que definamos como país. De ahí que sea necesario integrar en las discusiones el “por qué” y “para quienes” nos estamos educando. No sólo el cómo lo estamos haciendo.
Para una buena defensa de la Educación Pública, primero se debe plantear la necesidad de un cambio en la hegemonía cultural. Buena parte de la sociedad chilena no tiene un entendimiento claro de cómo condiciona el sistema imperante su propia realidad. El nivel de naturalización de algunas lógicas y elementos inherentes al neoliberalismo en múltiples dimensiones resulta tan brutal (”tengo el derecho de poder aportar un pago al colegio de mi hijo”), que puede incluso desalentar. Pero no que bajemos los brazos.
Basada en estas lógicas made in Chicago, y en la hegemonía que todavía le sobrevive en este sentido, la Derecha se esfuerza en circunscribirnos a una lógica comercial: nos confunde con la referencia a la “calidad” de la educación como si se tratara de un valor agregado, y no como un estándar mínimo exigible a todos los establecimientos educativos. Las instituciones, en la misma línea, se gestionan como empresas y se comportan y relacionan como tales con la comunidad, con los alumnos y sus padres.
La valoración de una Educación Pública está supeditada a un cambio en las subjetividades. No se extenderá esa valoración en tanto el país no logre extirpar –¡mientras nosotros no lo logremos!- la cultura de la competencia exacerbada, esencialmente aspiracional e individualista. Buen ejemplo de esto es la trampa de algunas universidades privadas, que se ofrecen como camino a todo eso que queremos y debemos ser, pero terminan siendo una pesadilla.
El problema de la educación no sólo radica en la democracia y en la operatividad y eficiencia de la estructura legislativa. Tenemos que ser capaces de empujar también profundas transformaciones culturales, que nos ayuden a recuperar o reconstruir una nueva identidad, para poder superar definitivamente la estrechez que impone el paradigma neoliberal, en el que los ciudadanos son meros consumidores de mercancías. Es necesario un diálogo con la ciudadanía para propiciar un entendimiento de la Reforma Educacional que se está impulsando.
Los espacios educativos son esenciales en este proceso: las organizaciones estudiantiles, de profesores, de padres y apoderados; y por supuesto también lo que ocurra dentro de nuestros colegios, el lugar en que nuestros niños y niñas desarrollan una parte muy importante de sus aprendizajes cotidianos.
Por otra parte conceptos como la libertad son a su vez utilizados y descontextualizados con un propósito meramente demagógico en desmedro de la construcción y entendimiento de los cambios en el sistema como un todo.
En fin, el escenario al que nos enfrentamos avanza en la dirección completamente opuesta. Los “enclaves conceptuales” del modelo parecen enraizarse en el colectivo de la mano de campañas de desinformación muy bien orquestadas. Quizá, el mejor ejemplo es la tergiversación que se ha hecho en torno al tema de la “libertad”. No sólo –nuevamente- por la estrechez que rodea a las concepciones que se buscan instalar sobre el concepto, sino también por las amenazas mañosas y derechamente falsas en cuanto a que el fin de la selección y el copago atentan contra ella.
En nuestras narices, las fuerzas que no quieren ver materializadas las principales demandas que impulsamos los estudiantes y la ciudadanía en general, avanzan hacia su objetivo de truncar esta Reforma presentada por el Ejecutivo; que si bien es perfectible en numerosos aspectos, se hace cargo de las aspiraciones fundamentales que le planteamos a Chile, y merece un apoyo más decidido.
La Reforma hay que defenderla, apropiarse de ella –recuperarla como capital de los movimientos sociales- y mejorarla. Queremos que le vaya bien, por lo que debemos viabilizarla y proyectarla. En cuanto a los ajustes, dependerán de nuestra capacidad de generar contenido, para evitar el avance de los numerosos actores que, desde la Derecha, están logrando hoy esa incidencia.
Ya hemos demostrado que no tenemos miedo a que la sociedad se transforme. A pesar de las hegemonías culturales que predominan, como país hemos comenzado una serie de revoluciones en acciones y en pensamiento, que ya no podrán arrebatarnos con facilidad. Y si bien el apoyo a las primeras leyes que se han presentado se hace cada vez más urgente; las transformaciones culturales son imprescindibles.
Por Alberto Inzulza, Coordinador Frente Estudiantil de Revolución Democrática