Teletón, solidaridad y proyecto país

Te invitamos a leer la columna de Pablo Torche, integrante de la comisión de educación, publicada hoy en El Mostrador

La meta de la Teletón para este año es un poco más de 40 millones de dólares, y las utilidades de algunas de las grandes empresas, por ejemplo las mineras o los bancos, han sido de miles de millones de dólares. Recalco: miles de millones de dólares. Y ojo que se trata de “utilidades”, no de ingresos, es decir, de los excedentes derivados después de que se han cursado todos los gastos y sueldos respectivos, incluidos los gerenciales, que suelen ser bastante millonarios. Si se quisiera hacer un símil con una familia, esto significaría que, después de cubrir todos sus gastos —dividendo, automóvil, cuentas, colegios, alimentación, vestuario, incluso vacaciones, gustos personales y ciertamente varios lujos—, a la familia le sobraran mil pesos. Y de esos mil pesos sobrantes, donara uno (y a veces ni siquiera eso). ¿Se le puede llamar a esto solidaridad?

Por supuesto no todas las grandes empresas tienen utilidades tan cuantiosas. En el retail fluctúan entre los 200 y 500 millones de dólares anuales, mientras que en las empresas de productos de consumo masivo son bastante más bajas, variando entre los 10 y los 100 millones de dólares anuales.

Pero así, tampoco es exacto decir que todas las empresas donan un millón de dólares, esta fue una moda inaugurada por Farkas, pero la mayoría no llega a eso. Si es cierto, como ha dicho don Francisco en varias oportunidades, que las personas aportan el 70 % de los ingresos de la Teletón, entonces todas las empresas participantes, en conjunto, aportarían sólo alrededor de 15 millones de dólares. Y por cierto que no lo hacen a cambio de nada, reciben en contrapartida una enorme visibilidad, beneficios de imagen, mayor venta de sus productos, etc. etc.

En primer lugar, por tanto, es necesario distinguir. Lo que dona la gente, por poco que sea para cada quien, es solidaridad, porque no se está recibiendo nada a cambio. Lo que hacen las empresas es pura y vulgar publicidad, un contrato, digamos, donde se acuerda el aporte de algunos millones, a cambio de formar parte de una enorme campaña comunicacional, vender más productos y lavar un poco la siempre cuestionada imagen de las grandes empresas en el país. Un buen negocio, en suma. Es conveniente entonces llamar las cosas por su nombre, porque de tanto mentirnos en Chile, finalmente nos olvidamos de la verdad y eso termina por enfermar a las sociedades.

En este contexto, me parece evidente que la Teletón está corriendo cada vez más el riesgo de transformarse en una gran charada, que bajo el discurso de una falsa solidaridad, apela al sensacionalismo y a veces al morbo para satisfacer una necesidad básica que cualquier país desarrollado debiera cubrir de forma mas institucionalizada, y que en Chile queda groseramente al descubierto de la responsabilidad estatal.

Si el problema es que no contamos con una institucionalidad pública adecuada para ofrecer un servicio digno a las personas con deficiencias motrices, pues bien, revisemos los mecanismos para proveer los recursos, y tal vez la institucionalidad pública para hacerse cargo de esta necesidad, pero no la perpetuemos a través del tiempo, para hacerla dependiente año a año de la supuesta “solidaridad” chilena.

Los políticos, figuras públicas y comunicadores en general, suelen tratar de sacar réditos de esta obra social, más que cuestionar su real aporte. A mi modo de ver, en cambio, si bien la Teletón ha jugado un importante rol, forma parte de un Chile que ya pasó, ha cumplido su ciclo. Cuando se creó, en plena dictadura, las necesidades sociales (no solo las de las personas con dificultades motrices, sino las de grandes sectores del país) eran completamente desconsideradas por el Estado; el ingreso per cápita era menor a 5 mil dólares, y había una necesidad enorme de unirnos en torno alguna causa que le imprimiera algún espíritu positivo a un país desgarrado por la violencia y el terror de Estado.

Treinta y cuatro años después, la Teletón, como evento, se ha transformado más bien en una mercantilización un poco vergonzosa de la solidaridad, simplemente para validar a ciertas grandes empresas frente a la sociedad, e incentivar a la gente a poner dinero por una causa de dignidad básica, que a todas luces debiera contar con una solución institucional y económica más estable.

Sintomáticamente, el movimiento estudiantil declinó el año pasado, con bombos y platillos, hacerse parte de la Teletón, y el mismo Giorgio Jackson fundamentó la opción en una columna, en la que señalaba la necesidad de generar una política pública en torno al tema, al tiempo que criticaba el “blanqueo de imagen” de algunos empresarios que apoyaban la Teletón y que por otra parte se oponían a cualquier ajuste tributario.

Esto puede ser un indicio de que el nuevo Chile, el Chile que se viene, demanda un abordaje distinto de estos problemas, un abordaje que revalide la responsabilidad pública para hacerse cargo de las necesidades de los más vulnerables y desfavorecidos de la sociedad (aquellos que el mercado deja botados), y no que los deje al vaivén de una caridad circunstancial o, peor aún, de un negociado publicitario disfrazado de solidaridad.

Esto no significa que la solidaridad, como valor, deje de ser importante para la conformación de la organización social y política. La idea de que basta una institucionalidad óptima y bien diseñada para resolver las problemáticas sociales, es una fantasía a la que con frecuencia sucumbe el pensamiento de izquierda. Pero una organización puramente racional de la sociedad, por así decir “sin valores”, nunca será suficiente para construir un orden social realmente acorde a las necesidades y demandas de los ciudadanos. De hecho, termina por volverse similar al proyecto del capitalismo, donde se espera que la pura racionalidad formal de la ganancia personal y la competencia, sea suficiente para propiciar un desarrollo social adecuado.

Valores como la solidaridad, la justicia social, la equidad y la dignidad, deberían estar al centro de cualquier organización social que realmente pretenda interpretar el sentido del país. Estos valores no pueden ser un añadido, un gusto voluntario asociado al tiempo libre y las ganas del momento. Por el contrario, se requiere de un proyecto político que encarne efectivamente estos valores, que le ofrezca a la ciudadanía un camino viable para avanzar hacia una sociedad que haga suya la solidaridad como tal, no que la deje relegada a 27 horas al año, a cambio de réditos publicitarios, mientras el resto del año impera el abuso y la discriminación más rampante.

La Teletón ha cumplido un rol relevante en la historia reciente de Chile, y por lo mismo es necesario conservar su legado, su espíritu de unidad. Ahora más que nunca Chile requiere construir momentos y vías de encuentro entre los distintos sectores, también entre los grandes empresarios y la sociedad civil. Pero estas vías de encuentro ya no pueden estar restringidas a un showtelevisivo acotado, orientado a una necesidad concreta y puntual. De esta forma el espíritu de la Teletón sólo parece desvirtuarse cada vez más. Lo que se requiere en vez es un diálogo franco, donde los distintos grupos de poder se atrevan a mostrar verdadera solidaridad para construir un proyecto de sociedad que supere las enormes problemáticas y desigualdades que nos aquejan. Esta sería una buena forma de rescatar el espíritu de la Teletón, para ofrecerle al país una salida a la encrucijada histórica en la que se encuentra en la actualidad.

Publicada en El Mostrador