“El más de izquierda”

3 Marzo, 2016 - 9 minutos de lectura

Noam Titelman, coordinador de contenidos de RD.

Es un lugar común en los mundos de la izquierda, la pelea por el sitial del “más de izquierda”. Pero junto a ese fenómeno, ha ido tomando fuerza otro, más novedoso. En el último tiempo han emergido grupos que aspiran a “superar el concepto de izquierda”. El ejemplo más nítido de esto puede verse en el Podemos de España que, si bien tiene a varios de sus rostros más conocidos autodefinidos individualmente en la izquierda, se refiere a sí mismo como colectivamente “no de izquierda”. Ellos dicen que han sustituido las referencias “izquierda-derecha” por “abajo-arriba”. En Chile también han salido varios grupos a plantear ideas similares.

No es extraño que ello ocurra. Luego de la caída del Muro y con la creciente conciencia de los horrores que significó el socialismo real, hay una notoria orfandad programática en la izquierda. Ya Eagleton planteaba que en estos tiempos  es más fácil imaginarse el fin del mundo por un meteorito o un nuevo virus, que una forma de organizarse que supere al capitalismo.

En esta columna me gustaría abordar  la temática de la izquierda en tanto construcción identitaria. Obviamente la discusión más relevante y difícil es la de la izquierda como proyecto, pero la intención de esta columna es mucho más modesta. Sea cual sea ese proyecto, la pregunta que busca responder es si tiene sentido seguir llamándolo “izquierda”.

Anderson tiene una conocida definición de nación que me parece que es fácilmente extensible a cualquier identidad colectiva: “Una comunidad política imaginada [que es] imaginada tanto limitada inherentemente como soberana”. Dejando a un lado el aspecto de soberanía, que sería la característica distintiva y propia de las identidades nacionales, hay varios elementos relevantes para la discusión sobre izquierda. Lo central de la definición es reconocer que el concepto de nación es “imaginado” (no falso). Es decir, es una concepción que está en oposición tanto a los que concebían a la nación como un aspecto natural o permanente, como ante quienes lo desechaban como un engaño o falacia. Algo parecido se puede decir de la izquierda y, en ese marco, no es ningún descubrimiento que el concepto de izquierda ha mutado en el tiempo o que tiene un significado diferente según cada contexto. Lo relevante será encontrar qué es lo propio a ese concepto y si sigue siendo útil para el análisis y la acción  en la política.

En ese sentido, habrá que reconocer otra similitud con la definición de Anderson. El concepto de izquierda debiese ser necesariamente limitado. Para que exista algo que es izquierda, debe existir algo que no lo sea. Esa es, por ejemplo, una de las críticas que se le hacen a este término hoy: “Para qué llamarnos de izquierda si muchos que se llamaban de izquierda terminaron actuando exactamente igual que la derecha”. Es decir, una izquierda que no tiene límite con la derecha. De forma opuesta están quienes reniegan del concepto de “izquierda” porque rehúyen su posible excesiva limitación que establece un límite demasiado estrecho, en que la identidad exacerbada (una especie de chovinismo ideológico) implica renunciar a convocar a las mayorías y, en definitiva, renunciar a disputar un poder real. Son, también, esas las dos formas de derrota de la izquierda: perder ganando, cuando la izquierda llega al poder con ideas de derecha, y ganar perdiendo, cuando la izquierda se refugia en espacios simbólicos, marginales e irrelevantes.

Entonces, cuando se observa las derrotas de la izquierda, sea lo que sea que eso signifique, por uno u otro lado, ¿qué sentido tiene seguir ocupando ese término?

Me parece que la respuesta tendría que ser que no hay ninguna motivación para usar ese término si su única función se reduce a los aspectos de límites. Reducir el ámbito de las distintas tesis de la izquierda a estos aspectos implica que toda la discusión se reducirá a si tal tesis es excesivamente porosa en sus límites o excesivamente alejada de la pelea por el poder. Significará que toda la diferencia estratégica de la izquierda se restringiría a estériles debates sobre  cuánto se debe transar de nuestras propuestas para poder acceder al poder y cuánto poder deberemos transar para profundizar en nuestra propuesta.

Sin embargo, el concepto de izquierda sí pudiese tener una utilidad clara. Anderson discute la capacidad que tiene el concepto de nación para generar un reconocimiento de comunidad entre individuos muy diferentes que, probablemente, nunca llegarán a verse cara a cara. La concepción de izquierda como comunidad es lo que me parece más interesante. Puede ser útil para que seamos capaces de reconocernos no solo como individuos políticos o militantes de nuestros colectivos, sino también como parte de una corriente política, social y discursiva, mucho más amplia. En ese contexto, para rescatar el concepto de izquierda hay que revaluarlo, pero a la vez “desfetichizarlo”. Tanto así que, por ejemplo, no es necesario que Podemos defina su colectivo como “izquierda” para reconocer la izquierda allí. Simplemente, donde estén los intereses de los trabajadores y de los desahuciados está la izquierda y, al reconocernos, podemos alegrarnos de sus victorias.

Estamos viviendo el comienzo de un nuevo ciclo electoral en Chile y ya se empieza a sentir vientos de discusión sobre candidatos y coaliciones. La vorágine electoral empuja a convergencias y divergencias importantes. En momentos en que muchos de los que nos identificamos como izquierda nos encontraremos en veredas distintas, la posibilidad de reconocernos como parte de una misma comunidad puede ser fundamental para que todos salgamos de este proceso fortalecidos, en lugar de carcomidos por luchas internas canibalescas.

En ese sentido, el preámbulo de un frente amplio de izquierda no requiere necesariamente tener un correlato inmediato en las coaliciones electorales coyunturales. El espacio de convergencia más básico, de reconocimiento mutuo, puede ser una práctica anticipatoria de un momento futuro en que se concreten esas cercanías. En mantener está política no electoral, en años electorales, estará el mayor desafío de nuestras fuerzas.

Publicada en El Mostrador el 2 marzo 2016