Editorial | COVID-19: Mucho más que una crisis sanitaria

Por Miguel Crispi, diputado integrante de la Comisión de Salud de la Cámara.

La crisis global del coronavirus ha dejado al descubierto las grietas más profundas de la sociedad en la que vivimos, la forma en que nos relacionamos y con seguridad abrirá grandes discusiones de cara al tipo de sociedad en la que queremos que vivan nuestros hijos e hijas. Si el individualismo de la sociedad neoliberal parecía haber inundado cada ámbito de nuestras vidas, hoy pareciera ser que el mejor antídoto para la pandemia es la solidaridad. 

Como en toda sociedad capitalista, quienes más tienen se encuentran mejor preparados para capear los temporales. Mientras, una enorme proporción de la población ve con perplejidad cómo pierde el control de todos los ámbitos de su vida. Las y los trabajadores a honorarios, los trabajadores informales, los emprendedores que con mucho esfuerzo decidieron endeudarse y reunir un capital básico para formar una pequeña o mediana empresa, ahora ven cómo la incertidumbre devora su futuro. 

Hace unos años se levantó una hermosa campaña desde el movimiento estudiantil, “Un dos tres por mí y por todos mis compañeros”. Cuánto sentido hizo en ese momento y cuánto sentido hace ahora. Porque la crisis del COVID-19 no es solo una crisis sanitaria, es una crisis que pone de relieve la graves consecuencias que tiene y seguirá teniendo haber permitido el desmembramiento de aquello que podemos llamar sociedad, del nosotros, nosotras, del olvido y la falta de valor que tiene el cuidado del otro, de la derrota de lo común y de lo público.

La principal herramienta que encontró la sociedad moderna para protegerse fue lo que en su momento se llamó el Estado de Bienestar, puesto en marcha con fuerza en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. El nivel de destrucción que había dejado la guerra obligó a los estados a re-pensarse y a encontrar el modo de proteger a quienes lo habían perdido todo, y a acordar nuevas reglas para mejorar la calidad de vida de las personas. 

Luego de varios años, en la década del 80, desde EE.UU. y Austria, Friedman y Hayek, se construyó otro “sentido común”, el de la competencia y el supuesto mérito, que fundan el espíritu del capitalismo. En el caso chileno, el capitalismo lo abarcó todo, igual que un virus. Cambió nuestra idiosincrasia y dejó en su más mínima expresión al Estado. Se privatizaron las empresas públicas y se precarizaron como nunca los servicios que garantizaban derechos sociales básicos, como la educación y la salud.  

Y así nos encontró el COVID-19: desnudos. Aunque el virus no ha distinguido clase ni nacionalidad, las posibilidades que tiene Chile de enfrentarlo exitosamente chocan con un Estado enormemente debilitado. Esto, porque nuestras red de salud pública ha sido socavada por años. Muchas y muchos  profesionales han migrado al sistema de salud privado, la disponibilidad de camas y camas críticas es totalmente deficiente, y nos encontramos hoy con una lista de espera de cirugías que difícilmente podrá convivir con quienes se contagien del COVID-19 y necesiten hospitalización. 

Por otro lado, nuestro sistema de protección social ya muestra su debilidad estructural. Todo indica que la destrucción de empleos será muy alta, sin saber aún cuán larga será la duración de la pandemia. El embate de la crisis económica que se avecina golpeará a todo el país, pero nuevamente serán los más pobres y la clase media la que sufrirá las peores consecuencias. 

Quedarse en casa es lo más indicado para quienes tienen la opción de hacerlo. Sin embargo, es evidente que esta no es la realidad de la mayoría del país. Un porcentaje muy menor del sector del trabajo se ha desplazado al teletrabajo, y cerca de un 30% de trabajadores y trabajadoras lo hace informalmente.

Lo que corresponde hoy no es pedirle al ciudadano común que resuelva la crisis, por supuesto que todas y todos tenemos que actuar con disciplina y hacer caso de cada orientación que se de desde la autoridad sanitaria. Lo que corresponde es que el Estado responda a su rol garante y proteja a las personas.

Esta crisis sanitaria, y también el despertar social de Chile, obligan a evaluar y adoptar las medidas que el sistema económico y político han descartado durante décadas, como es un rol activo del Estado, un diálogo con el sector privado que genere garantías para las personas y las acciones que permitan controlar ejes estratégicos para enfrentar cualquier emergencia. La reflexión necesaria sobre el modelo de desarrollo que tenemos será urgente cuando acabe esta alerta, pero mientras se le hace frente cada acción debe propender a rescatar los derechos más básicos del control de las leyes del mercado. 

Como Frente Amplio hemos redactado una propuesta seria para enfrentar los efectos del Covid-19. Esta no solo abarca la dimensión sanitaria, sino que también incluye medidas en el ámbito laboral y económico, buscando llevar tranquilidad a la población, poniendo a las personas y su bienestar como primera prioridad. Incluye temas como postergación de pagos, fijación de precios de algunos productos, licencias médicas, ingreso mínimo de emergencia, apoyo a PYMES, entre otros. 

Lo urgente es paliar la crisis con todas las medidas sanitarias y de distanciamiento social que se necesiten. Pero al mismo tiempo, debemos exigir como ciudadanos una política laboral y económica que no deje en el desamparo a las y los trabajadores y a sus familias. 

Probablemente, en unos cuantos meses más, cuando todo haya pasado y podamos reconocer los costos humanos y económicos de la crisis, llegará el momento de evaluar cuáles son los cambios que corresponderá hacer para evitar que nuevamente llegue la tormenta y nos encuentra tan desprotegidos como en esta ocasión. 

El proceso constituyente y la redacción de la nueva constitución nos encontrará luego de diversos cambios de enorme envergadura que han marcado la agenda de nuestro país durante los últimos dos años. El cambio climático, el feminismo, el estallido social y ahora la pandemia del COVID-19. Estará en nuestras manos y cabezas ser capaces de reflexionar lo suficiente para encontrar nuevas respuestas para problemas que vienen aquejando a nuestro pueblo por ya demasiadas generaciones. La crisis es una oportunidad para disputar frente a frente la hegemonía del capitalismo y construir un mejor lugar donde vivir.