Los hijos de Pinochet

Mi primer acercamiento con la dictadura fue un lumazo que me llegó en la espalda cuando iba saliendo de un centro comercial. Yo había llegado a vivir a la capital, Santiago, y llevaba unas pocas semanas estudiando en el San Ignacio Alonso Ovalle, un colegio que queda a unas pocas cuadras del Palacio de la Moneda.
Para ser honestos poco sabía yo de lo que ocurría en el país. Como ya comenté, crecí en Chuqui viendo militares recorriendo las calles y cada viaje afuera de mi pueblo implicaba revisión de antecedentes. Todo eso se suponía que era así y punto. De dictadura jamás se habló en mi casa, no al menos en frente mío.
Poco puedo culpar a mi familia, que por miedo nunca dijeron nada de lo que ocurría. La dictadura se había encargado de instalar la total desconfianza entre los vecinos. Todos podían ser acusados por cualquiera, por lo que de política nunca se hablaba. Ello se exacerbaba más aún cuando en mi propia familia un tío había sido relegado por acusaciones de un compañero de trabajo.
Fue así que llegué a vivir a Santiago el año 83` sin saber nada de política, vistiendo de escolar y caminando en medio del centro mientras se desarrollaba una protesta. Al salir de un pasaje con locales comerciales, me encuentro de inmediato con un corpulento carabinero, con casco, escudo y la luma en su mano. No dijo nada. No advirtió nada. Solo vi el movimiento dirigido hacia mi y apenas esquivé el golpe que dio de lleno en mi espalda. Di ahí solo pude correr y correr.
Los que vivimos los años 80 no lo pasamos muy bien. La situación económica era pésima y a ello se sumaban los maltratos constantes al mundo popular por parte de las fuerzas armadas. Yo poco apoco fui conociendo un mundo que para muchos aún sigue ignorado. Un compañero de curso mío era hijo de detenidos desaparecidos. Un profesor participaba del movimiento Sebastián Acevedo y a veces a algunos nos invitaba a ser parte de él. Por mi vida pastoral en la capilla fui testigo varias veces de cómo hacían allanamientos en la población, a veces de madrugada, dejando a familias enteras, con niños, bebes y ancianos en pijamas e el medio de una heladísima cancha de fútbol. La creación de murales o las peñas clandestinas ayudaban a informarse y generar redes de apoyo entre todas las personas.
El miedo era una constante y falta de información lo eran aún más. Para el gran público las noticias sólo venían de una parte. Existía censura en diarios y radios. Y el discurso era uno y el mismo: “la política no sirve, todos prometen y prometen y nunca cumplen, estamos bien como estamos, solo vivimos una dictablanda”.
Por años se predicó tal discurso, por eso no es inexplicable que hoy en día muchos sigan repitiendo las palabras de Pinochet. Son sus hijos los que hablan. Ellos aprendieron a ser egoístas, a no confiar en planes colectivos, sino a velar cada cual por lo suyo. “Pase lo que pase con la política tengo que seguir trabajando”. Son formas de ocultar un individualismo que no piensa en nosotros, sino que mira al otro como un extraño, alguien ajeno, alguien en quien no se puede confiar. Fueron años y años repitiéndoles a los chilenos que la política era mala, que no había que confiar en los planes comunes, ni en las propuestas colectivas.
Hoy los hijos de Pinochet no piensan en plural, solo miran su ombligo. Con ello dejan el espacio público, el lugar del encuentro y del diálogo en manos de unos pocos que hacen y deshacen con los sueños de todos nosotros.
Recuerdo perfectamente cuando llegué a casa todo mojado por culpa del Guanaco (ese carro lanza aguas de carabineros para reprimir las protestas). Comenté en mi casa: “ojalá llegue la democracia, para que se acaben todas estas protestas y abusos”. La Regina, una monja alemana que nos visitaba, me dijo: “Ricardo, las protestas no se acabarán en democracia, es más te aseguro que aumentarán. Mientras los hombres no quieran vivir en comunidad construyendo un mundo más justo para todos, créeme que no se acabarán”.
La sensación era de temor y desconfianza. La misma sensación que muchos aún mantienen en sus corazones respecto dela política. Claro que en aquellos años no se veían muchos atisbos de solución. No fueron pocos que no creyeron en el plebiscito que convocaba Pinochet. Pero ya el descontento era indetenible. Por ello muchos empezamos a creer y a arriesgarnos con una chapita en el pecho que decía NO.
Creo que muchos empezamos a entender en ese momento que no estábamos solos. Los comerciales del No nos identificaban plenamente. El ver a Allende en pantalla, a Silvio Rodríguez, a Víctor Jara y a muchos otros rostros, que por años fueron censurados, aumentaban las expectativas.
No creo ser el único que solo esperaba cumplir 18 años para poder inscribirme en el registro electoral e ir a sufragar. No se jugaban solo mi comodidad, en ese voto iban los rostros de los detenidos desaparecidos, de los pobladores que eran humillados, de los compañeros de la universidad que estaban detenidos, de los compañeros de la ayuda fraterna que tenían que hacer ollas comunes para poder comer. No era solo mi voto, era mi responsabilidad con todos los que estaban sufriendo junto a mi.
Esa mañana del plebiscito salí temprano de casa. Era una fila enorme para votar. Nadie sacaba cuentas mezquinas (“¿y si salgo vocal?”), incluso muchos se ofrecieron para ser apoderados y resguardar que los votos se contaran.
Por la noche todos estábamos nerviosos. Los resultados no salían. Incluso recuerdo que hubo un apagón y con Víctor (el dueño de casa del hogar que me había recibido) y mi hermano estábamos pegados a la radio. Había incertidumbre. “los milicos no reconocerán la derrota” decía Víctor triste. Sin embargo apareció Matthei y reconoció la derrota y al poco rato se daban cómputos oficiales reconociendo lo que pasaba.
No recuerdo como lo hicimos peor en un abrir y cerrar de ojos estábamos caminando por la alameda todos felices. Los hombres abrazaban a los carabineros. Unos gritaban con un lápiz de cartón gigante “les ganamos con un lápiz”. Y todos caminábamos por una alameda atestada de gente, felices con los resultados. Fue un momento inolvidable. Histórico. Yo fui parte de es historia.
Han pasado los años, quisiera que muchos pudiesen compartir ese momento y se dieran cuenta de lo que costó la democracia que vivimos. Sin embargo con el tiempo y con lo que ha sucedido no dejo de cuestionarme. El triunfo de Pinochet fue mucho más profundo de lo que esperábamos. Él se metió en los corazones de las personas, les insufló el egoísmo y la desidia. Aún ahora hay muchos que no creen en proyectos colectivos, ni en una justicia que sea cada vez más social. Son los hijos de Pinochet . Y aún no les podemos vencer.

Ricardo Díaz,
miembro activo RD Antofagasta