¿Pobreza o desigualdad? el dilema de la izquierda

Pablo Torche, integrante de la Comisión de Educación de RD,  escribió para El Mostrador. Lee su columna acá

El escándalo por la Casen comenzó la semana pasada, cuando el Gobierno se lanzó a celebrar con bombos y platillos que la pobreza había disminuido menos de un 1% (0,7%, para ser exactos). Como era de esperar, de inmediato salieron los “expertos” de la Concertación a decir que en verdad la pobreza no había bajado, que la encuesta no era comparable, etc. etc. Incluso un grupo de 30 connotados economistas, casi todos con PhDs, emitieron una declaración al respecto. No es que desconfíe de sus cuestionamientos —de cualquier forma, es obvio que, aunque fuera cierta, una baja de menos del 1% no es significativa— lo que me parece un poco burdo es que a los expertos les importaba muy poco la pobreza, para no hablar de los pobres, del ser humano, era obvio que lo único que motivaba la discusión eran mezquinas razones electorales, tratar de subir uno puntitos más en las encuestas. Si la pobreza hubiera aumentado en vez de disminuir ¿habría impugnado la Concertación la metodología de la Casen? Estoy 100 % seguro de que no, habrían celebrado hasta con champaña. Ese pronóstico sí que lo puedo hacer con total certeza, sin error muestral.
Por supuesto, a los pocos días aparecieron 34 economistas “top”, también casi todos con PhD, diciendo que la metodología de la Casen estaba perfecta. Casualmente, eran todos de derecha. A continuación se descubrió el asunto de la pregunta #y11, mediante la cual la encuesta le preguntaba a los entrevistados poco menos que la plata que habían ganado “macheteando” en los últimos meses, surgieron serias dudas de que el gobierno había manipulado los datos, y el asunto se transformó en una teleserie de cuarta categoría, sólo digna de las pantallas nacionales.
Nada de esto me sorprende en absoluto, no creo que le sorprenda a nadie en realidad. Lo que sí me sorprende es que los políticos se pregunten luego por qué tienen tan baja popularidad. Pues para todo el mundo es evidente que esta, como tantas otras discusiones, no tiene nada de técnico ni de metodológico, lo único que importa es conseguir un puntito más de encuestas. Puede que este objetivo se cumpla en un primer momento, y se consigan pequeños réditos electorales, pero a la larga es precisamente el tipo de cosas que hunde a la política en el descrédito y el olvido. Al final, para lo único que sirven es para demostrar que la tecnocracia, además de no tener nada de neutral, sirve en realidad de muy poco para resolver los problemas de Chile, que de lo que se requiere es de soluciones políticas.
En realidad, no hay que ser un genio, ni tener un PhD para darse cuenta de que, aunque fuera correcta, la baja del 0,7% de pobreza no significa nada, con o sin #y11. La cuestión de fondo es más profunda, no se saca nada con hacer pasar a cien mil, o doscientas mil personas justo por encima de la línea de pobreza, si es que se mantiene la misma exclusión y marginalidad, la misma injusticia flagrante según la cual unos pocos lo tienen todo, y una gran mayoría tiene escaso o nulo acceso a estándares de dignidad mínimos.
La pobreza no es una cuestión absoluta, ni meramente numérica, como si de pronto, con sólo 5 ó 10 mil pesos más de ingreso, una persona fuera a dejar de ser pobre automáticamente. Esto es absurdo, es evidente que la pobreza depende de cuestiones relativas, de las posibilidades que cada quien tiene de integrarse en la sociedad, de participar en ella y acceder a los beneficios y las posibilidades que otorga. Es esto lo excluyente y lo marginalizador, lo que en el fondo resulta injusto, el contraste entre un grupo reducido que usufructúa de todas las comodidades y beneficios del crecimiento económico, y una mayoría que queda radicalmente excluida de ellas, a veces incluso victimizada por estos mismos adelantos (como en Freirina, por ejemplo, o en La Polar).
Seguimos obsesionados con el desafío de crecer y generar más riqueza cuando el verdadero desafío es cómo distribuirla. Esta debería ser, a mi juicio, una crítica crucial al actual modelo de desarrollo, al capitalismo; no la falta de riqueza, sino la falta de una forma de organización social que nos permita distribuir esa riqueza. Tenemos la ingeniería tecnológica para producir recursos materiales millonarios, pero carecemos de la ingeniería social, o política, para distribuirlos más equitativamente.
Este es, a ojos de todo el mundo, uno de los puntos fundamentales en que el capitalismo hace agua. El hecho de que no ofrece ningún camino para superar estas violentas diferencias, por el contrario, tiende inevitablemente a maximizarlas, a acumular porciones cada vez más grandes de capital en las manos de un grupo extraordinariamente reducido de personas, que son a la larga quienes sea se apoderan del mundo.
Para enfrentar este problema no es suficiente simplemente que el Estado regule algunas aristas del mercado, proteja al consumidor de los abusos o vigile los monopolios, se requiere de un cuestionamiento y un cambio más profundo, más estructural, que sea capaz de ofrecer una nueva forma de organización política.
Se trata de un desafío que compete a toda la clase política, pero obviamente en mayor medida a la izquierda, que es el sector que hace suya la responsabilidad de avanzar hacia la construcción de un modelo de sociedad más integrado, más equitativo. Sin embargo, la izquierda ha hecho muy poco por avanzar en esta línea, simplemente no tiene un discurso o propuesta política que constituya una alternativa real al capitalismo. Por eso, prefiere la pancarta, o bien la rencilla pequeña, tecnocrática, que circula por los márgenes del modelo sin afectar su verdadero centro.
Se habla frenéticamente de “izquierdizarse”, pero muy poco de lo que eso significa, de cómo se va hacer para enfrentar el problema de fondo, para construir una sociedad más integrada. ¿Se van a estatizar las empresas? ¿Explotar los recursos naturales desde el Estado? ¿Con qué plata? (Codelco ni siquiera tenía recursos para comprarle Los Bronces a Angloamerican, tuvo que  pedírselos a Mitsui). ¿Potenciar la lucha de clases? ¿Prohibir el crédito bancario, eliminar las tarjetas de crédito? Aunque algunas de estas ideas tuvieran siquiera algo de efectividad, nadie cree ya en ellas, no tienen ningún respaldo electoral, son políticamente inviables. Y aun cuando lo fueran, aun cuando se implementaran de alguna forma, ¿van a ayudar a mejorar la distribución del ingreso, a disminuir la desigualdad, a construir una sociedad más integrada? Lo dudo mucho.
Es obvio que los políticos también lo dudan, por eso, al final, lo que hacen simplemente es confiar en el crecimiento económico, subirle de vez en cuando los impuestos a los cigarrillos, y repartirlo después a través de bonos. Eso es seguro y, sobre todo, da votos. El Estado como Farkas.
Es en la ausencia de una alternativa viable, que le haga el peso al capitalismo, que este prospera, y se pierde la posibilidad de construir efectivamente una sociedad con menos desigualdades, con mayor justicia social. “Izquierdizarse”, si significara todavía algo, debería ser eso, volver a las raíces de la izquierda, a los principios que la inspiran, al objetivo de construir realmente una sociedad más integrada, más equitativa, menos individualista.
Pero de eso parece haber muy poca gente preocupada ahora. Prefieren disputar por medio punto porcentual de pobreza, arrebatarle un par de puntitos electorales al rival, y dormir contentos pensando que así se  va resolver el problema. Eso no va a resolver nada.
Lo que se requiere es emprender el trabajo de construir un nuevo discurso de izquierda, uno que provea soluciones reales, y políticamente viables, en el tiempo actual. Es sin duda un trabajo arduo, lleno de demandas urgentes y pasos en falso, donde es difícil saber por donde comenzar. Lo que sí es seguro es que no vamos a ganar nada discutiendo eternamente por unas décimas porcentuales, mientras el problema de fondo se sigue asentando.
Publicada en El Mostrador