Política: ¿idealistas o puristas?

Los puristas de izquierda rasgan vestiduras apelando a la consecuencia, como si esto en sí mismo fuera un valor. Se me ocurre recordar que Hitler fue muy consecuente y espero compartan que no es un ejemplo a seguir; dice Máximo Quiero, de la Comisión de Educación de Revolución Democrática, en “El Quinto Poder”.
Hace una semana se supo de la omisión de la Nueva Mayoría (Concertación más PC) en el Distrito 22 de Santiago. Fue un gesto hacia la candidatura de Giorgio Jackson, que postula al congreso por Revolución Democrática fuera de pacto, luego de que los dirigentes de la Nueva Mayoría decidieran no inscribir candidatos para la primaria parlamentaria. Gesto que por cierto también está mediado por el potencial doblaje que podían lograr Zalaquett (UDI) y Kast (Evopoli) ante la dispersión de los votos de izquierda, con un mayor número de candidatos.
Acto seguido surgieron voces oficialistas que sin mucho pudor invitaban a Jackson “a ser hombrecito y que reconociera que iba sin competencia” (Von Baer) o bien tildándolo de “diputado designado” (Matthei). Si en el bando opositor se generan reacciones es porque la acción probablemente está cumpliendo algún efecto, al menos de incomodar, lo cual puede ser visto claramente como algo positivo. Sin embargo, lo que llamó la atención fue que hubo críticas, previo y posterior a este anuncio, de fuerzas (o intentos de fuerza) de izquierda que se sumaban al coro gritando a los cuatros vientos que Giorgio Jackson había traicionado el movimiento estudiantil (Claude) o que su acción era similar a la de Allamand al ir por Santiago Poniente (MEO). Es precisamente en esto donde me quiero detener.
Existe a mi juicio una confusión en dos conceptos que son distintos, que no tienen porque caminar juntos y que algunos intentan amarrarlos como el más férreo matrimonio: ideales y pureza. Es una realidad que existe un descontento con la forma de hacer política y es esto una de las cosas que explica, la gran cantidad de candidatos presidenciales que quieren llegar a la papeleta en noviembre. Lo que muchos dicen buscar es cambiar el modelo económico que nos rige, tener una educación pública, gratuita y de calidad, cambiar el sistema de pensiones, tener una Constitución que por primera vez sea representativa, legitimada y no bañada de sangre, entre otros aspectos. Todo esto, se circunscribe en el plano de sueños o ideales que crecientemente han ido tomando fuerza y ya son parte de la agenda pública. El punto es que desconozco en qué minuto se puso como condición que estos ideales o la forma de intentar concretarlos tenía que ser pura. Y al parecer es una pureza al nivel de la brutalidad de la “raza pura”, en que no te puedes sentar a conversar con ninguno de los “viejos políticos” o dar una conferencia de prensa anunciando un gesto político y menos negociar, porque inmediatamente quedas manchado o eres parte de esa raza deleznable que para bien o para mal nos ha gobernado, nos sigue gobernando y que hay que eliminar.
Estos mismos puristas de izquierda, son los que rasgan vestiduras apelando a la consecuencia, como si esto en sí mismo fuera un valor. Aquí se me ocurre recordar que Hitler fue muy consecuente y espero compartan que no es un ejemplo a seguir. En esta misma línea, más allá de la consecuencia, prefiero quedarme con lo que indica Humberto Maturana y que lo releva a la categoría de Derecho Humano, “el derecho a cambiar de opinión”, al darte cuenta que te has equivocado, que has crecido, que has aprendido y que por cierto no eres puro.
Así es como en honor a la pureza, de la que por cierto se invisten quienes la pregonan con un tejado de vidrio bastante evidente, se terminan uniendo en la crítica a sus adversarios políticos, olvidando por completo los ideales y dando argumentos más propios de una religión.
En efecto, el debate se ve reducido a un nivel absurdo, por los mismos que dicen que quieren cambiar la forma de hacer política, construir un país distinto, pero cuyos hechos demuestran precisamente lo contrario. Es más reniegan de lo que son parte y son incapaces de mirar hacia al frente y ver que en caso de que lleguen al parlamento algunos de sus candidatos, tendrán que negociar – ¡oh qué horror! ¿qué pasara con la pureza aquí? – con quienes tienen ideas comunes, de tal forma de generar masa crítica para poder realizar los cambios que Chile necesita.
Al contrario si siguen en la vereda de la pureza y castidad, solo tendremos muchos discursos testimoniales, aislados, que seguirán siendo parte del anecdotario chileno o expositores de fanatismos reformadores, pero que no contribuyen en nada a mejorar la política que tenemos. Por supuesto, nos  seguirán gobernando los “viejos políticos” ahora auspiciados por los mesiánicos admiradores de la pureza política.
Fuente: www.elquintopoder.cl