¿Una revolución chilena?

Un sindicalista uruguayo me pregunta cómo va la revolución chilena, me lo pregunta así, a quemarropa, con su termo entre el brazo y el pecho, con la bombilla del mate apuntándome a la frente, usando la frase exacta “revolución chilena”. Entonces yo empiezo a ver correr imágenes como cuando uno se muere: secundarios, brazos en alto, Piñera, marchas con paraguas, anuncio de gratuidad, nuevos diputados, ministros marchando, banqueros y más marchas. Mi primer impulso es querer decirle que no hay tal revolución pero blablablá, que allá es muy distinto que acá en Montevideo, aunque también bla bla blá. No alcanzo a decir nada y con agudeza de obrero que lleva años partiéndose el lomo en el trabajo y en la organización, me dice que el Frente Amplio no la tiene fácil en esta pasada, que hay que hacer más barriada, que la derecha se las está arreglando para llegar a la gente, que esta revolución (quizás dijo proceso) hay que defenderla voto a voto, conversa a conversa.

Me quedo pensando en que el concepto de “revolución” de los siglos precedentes no queda cómodo con los nuevos contextos, ni los nuevos contextos caben en el concepto de la europa bolcheviquista ni de la Latinoamérica barbona. Por eso el mismo Chávez se apuró en acuñar esa costura entre la experiencia histórica y la innovación política que es “El Socialismo del siglo XXI”. Aún con más audacia, Correa levantó la “Revolución ciudadana”. Evo se conectó con el anhelo profundo, transversal y contemporáneo del “Vivir Bien”. Y Pepe Mujica volvió a incorporar la palabra “felicidad” al debate político.
Para decirlo más claramente. Evidentemente no hay en Latinoamérica –mucho menos en Chile, en particular– una reactivación de una mirada soviética. Se trata de un proceso completamente distinto (y no por eso menos novedoso). Y eso debiese ser una buena noticia, incluso para quien se declare marxista ortodoxo, pues mala cosa sería el aplicar soluciones políticas basadas en diagnósticos de tiempos ya muertos. Como debiese ser también una buena noticia para quienes creemos en el compromiso irrestricto con la democracia y la lucha contra todo totalitarismo y contra todo aquel que quiera mantener a nuestras sociedades en estados de democracias de baja intensidad, en donde los poderes fácticos son los que terminan dictando la letra que canta el país.
Probablemente por eso la insistencia discursiva y política de los gobiernos-procesos que menciono no ha estado puesta en “la socialización de los medios de producción” ni nada por el estilo, sino en los procesos constituyentes, generalmente ligados a una Asamblea Constituyente y en la ampliación de espacios de participación y deliberación, sumado a una disputa con la matriz neoliberal –tanto económico-política como cultural– para reivindicar que –sin ninguna renuncia democrática sino, al contrario, ampliando su campo– el eje de una sociedad justa debe estar puesto en los derechos.
Después de la caída de los socialismos reales, la izquierda en Latinoamérica pudo irse a la cresta, pero se mantuvo vigente en la región, probablemente por tres razones: la rápida comprensión de necesidad de organización frente a la crisis (como, por ejemplo, el Foro de Sao Paulo en 1990); la incorporación de la defensa plena de los Derechos Humanos a un nuevo ethos de izquierda regional; y el antecedente de una revolución democrática planteado por la Unidad Popular.
Por otro lado, hoy, con un modelo en tela de juicio, la derecha vuelve a usar el arma de la acusación de “estatismo”. Y aquí es donde las izquierdas regionales, sobre todo la chilena, perdemos nitidez, pues si bien se asume la necesidad de hacer retroceder el neoliberalismo, de expulsar o reducir el mercado en áreas claves y vinculadas a derechos sociales, como la educación, cuesta más asumir y declarar públicamente la necesidad de (para lograr lo anterior) fortalecer y expandir el rol del Estado. Resulta interesante –y preocupante– que, si bien se comparte el diagnóstico de que el neoliberalismo mutiló al Estado como garante de derechos sociales, cueste tanto oír declaraciones que apunten a la restitución concreta de esos brazos y piernas, reivindicando lo público en tanto aparato público.
Es que las revoluciones del siglo XX, con excepción del proyecto allendista y en relación a sus contextos, apostaron por hitos de cambio súbito, por sobre procesos transformadores. Aprovechemos de recordar las acusaciones de “reformista” que se le hicieron a Allende de parte de la ultraizquierda chilena, y recordar también que el Frente Amplio uruguayo, nacido en 1971 e inspirado en la UP, paradójicamente, ha tenido éxito en gran medida por incorporar desde sectores marxistas (PC) hasta los socialcristianos (DC).
El compañero sindicalista continúa mirándome, me pasa el mate. Estamos esperando las intervenciones de Camila Vallejo y Giorgio Jackson en el marco del Congreso programático de los obreros de la construcción del Uruguay. De fondo, el presidente del sindicato habla de cómo ellos han aprendido del movimiento chileno. Hay cariño y respeto, pero por sobre todo hay complicidad. Trato de que me hable de la organización sindical, pero me hace un ademán de “ya habrá tiempo para eso”. Yo le digo es que el proceso chileno –sí, definitivamente uso la palabra “proceso”– está en un punto clave, enfrentando un neoliberalismo cuya ferocidad cuesta encontrar en otro país y, saltándome la teoría, remato: “La hacemos o no la hacemos …está difícil”. Me mira con cara de satisfacción sólo parcial. Entonces le explico que en Chile, fue precisamente el movimiento social y los ciudadanos organizados quienes se conectaron transversalmente con la opinión pública, generando un cambio en la agenda, incorporándose, obligando giros o encontrando aliados en los actores institucionales; y, tomando un poco de aire, le digo que es muy importante no perder aquello, que todavía es frágil. Le cuento también que hoy parte de la izquierda sólo acumula un capital simbólico que parece que nunca va a gastar, que se instala la competencia por quién es más de izquierda –en el sentido retórico identitario más que por quién promueve los cambios en esa dirección–. Que ya hemos tenido pequeñas pero importantes victorias en la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados y que hay que defender aquello. Pero que, por otro lado, la derecha –que no sólo habita en los partidos de derecha– no se fue para la casa, a pesar de su minoría parlamentaria, y que todo su peso fáctico está cayendo sobre la posibilidad de las reformas estructurales propuestas. Cae con forma de titular de diario, de campaña del terror, de lobbyempresarial y eclesiástico, y de instituciones que por momentos parecen secuestradas en los 90, como es el caso del Senado.
Devuelvo el Mate. Camila y Giorgio están ya en la testera. El resto de la delegación hacemos esto, conversar con los compañeros y compañeras uruguayos, aprender de su proceso revolucionario (después de todo lo dicho, no podría llamarlo de otra forma) y maravillarnos con el gimnasio desbordado de gente y pancartas de PVC en un mezcla de atmósfera setentera con un futurismo que aún no se inventa. Vuelve el mate a mí. Digo que en síntesis el actual proceso chileno se trata de la respuesta más contundente que ha habido al modelo neoliberal desde su instalación en la dictadura y posterior administración y profundización, pero que, no obstante, lo que hemos ganado aún no está en el plano institucional-estructural, sino que en el sentido común. Amablemente y con sonrisita cómplice, me quita el mate y me dice: “Eso no es poco, no la suelten”. Anuncian a los diputados chilenos. Aplausos. Es momento de que saluden el proceso uruguayo y contar en qué estamos en Chile. Igual que en el 2011, escucharlos hace bien.